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martes, 28 de diciembre de 2010

La envidia






                             "La envidia", de El Bosco




En la obra El español y los siete pecados capitales  (1966) de Fernando Díaz Plaja, se hablaba de la idiosincrasia española. en cuanto a la forma de vivir los siete pecados capitales que enumera la Iglesia Católica. Naturalmente, que estos pecados son compartidos por todo el género humano, pero en España, y según la zona geográfica de la que se trate, se manifiestan de una forma diríase peculiar y característica de los naturales del sitio, porque además del carácter personal de cada uno, también influyen la cultura, el folclore, la gastronomía y hasta el clima de cada región (hoy llamada Comunidad Autónoma) en la forma de vivir, expresar y sufrir los referidos pecados que no son otras que tendencias congénitas en el ser humano, pues no es lo mismo la codicia sufrida por un andaluz, al que los demás andaluces llamarían “agarrao”, metáfora que quiere expresar con gracia que “agarra pero no suelta”, que en la forma de expresar tal defecto un catalán, porque sus propios paisanos considerarían que es una virtud digna de elogio, por ser demasiado común entre ellos.
En cuanto a la envidia a la que se refiere el diccionario de la RAE como “tristeza o pesar del bien ajeno”, es una definición clarificadora porque la envidia es precisamente el único “pecado”, utilizando la expresión cristiana, que hace más daño a quien la siente que al envidiado en sí. Aunque no hay que olvidar que el odio más profundo y duradero no está basado en el rencor por un daño sufrido por el envidioso, ni por el deseo de venganza insatisfecho, sino por la propia envidia que hace odiar de forma total y sin paliativos al envidiado por parte del envidioso, ya que aquél posee dones, propiedades, inteligencia o vida personal que causan esa envidia correosa y amarga que enturbia el ánimo, lo desasosiega y altera la bilis del envidioso por lo que, desde que sabe la buena suerte, el amor correspondido, la fortuna recién adquirida, la inteligencia premiada y reconocida o contempla la belleza esplendorosa del envidiado, ya no puede vivir en paz y tranquilidad, porque esas cualidades, fortuna, pareja o reconocimientos de los que goza el envidiado, en contraste con su mediocre vida, sus cualidades, su vida personal o sus propios y escasos méritos, se le convierten en un aguijón, en una saeta encendida que siente clavada en el alma el envidioso/a de turno y le hace olvidar favores recibidos, lealtades debidas, afectos declarados por parte del envidioso del y al envidiado. Ya decía Pierre Corneille que “un envidioso jamás perdona el mérito”.
La envidia, según afirmaba Díaz Plaja define al carácter español por excelencia, por encima de la ira, la soberbia o la gula, por ejemplo. Además, en su ameno ensayo sobre las características de los  españoles, también habla de los nacionales de otros países europeos, y afirma este embajador y escritor que había vivido en muchos países del ámbito europeo y de otros continentes por lo que conocía bien la idiosincrasia de los habitantes de otras latitudes, que la codicia es muy propia de los franceses, por lo que se la podía considerar el defecto nacional más definidor del carácter francés; al igual que la soberbia lo es del carácter inglés, por citar sólo algunos.
La envidia hace cometer traiciones, ingratitudes, delaciones y calumnias al envidioso que trata así de mermar los méritos, la credibilidad, las capacidades y hasta la honestidad del envidiado, aunque para ello tenga que cometer quien envidia las mayores indecencias, las peores canalladas para conseguir que el envidiado sea pasto de las murmuraciones, la sospecha, el descrédito y la vergüenza de ver su nombre en entredicho, su fama pisoteada o su honradez y capacidad puesta en duda por quien la única virtud que tiene es la de ser fiel a su propia idiosincrasia de envidioso, porque en este espécimen humano sólo cabe una obsesión, un deseo y una meta a conseguir: destruir la reputación, la vida personal o familiar, la estabilidad psíquica o la propia autoestima del envidiado.
Naturalmente, se está hablando de la envidia que actúa para conseguir sus siniestros fines, no la envidia leve o moderada, trufada de admiración, al mismo tiempo, ante las cualidades, méritos o vida personal de otro, pero siempre dentro de unos límites razonables que impone la propia ética, la decencia personal y el respeto a los demás, además de que esta clase de envidia, si no sana, sí natural y en términos aceptables sólo hace sufrir a quien la siente, pero es pasajera y no se convierte en la obsesión enfermiza del envidioso a secas, el que sólo puede estar en paz y ser feliz cuando consigue destruir, precisamente, aquello que envidia, porque sólo en comparación con los demás y cuando sale favorecido en la misma por tener el mismo o menor rasero sus posibles competidores, es cuando puede tolerar a los otros.
El envidioso nace y, además se hace, como una enfermedad larvada que se va desarrollando lentamente en el individuo que la padece y va creciendo en el caldo de cultivo de la mediocridad, de la falta de méritos y capacidades, de la  ausencia de autoestima y de la  propia y personal sensación de fracaso. Con esos elementos se crea un envidioso que vive para envidiar lo que admira; pero, por eso mismo, lo odia y desea, o mejor dicho, necesita destruirlo para poder recuperar el débil equilibrio perdido desde que asomó en su horizonte vital el envidiado y su estela de cualidades y seguridad personal, de triunfo o felicidad, que dañan al envidioso como un cáncer interior, precisamente porque sabe que el otro representa lo que nunca podrá ser, tener o experimentar, según sea el motivo de la envidia patológica que es la única que merece esa denominación.
Esa envidia vivida y sufrida por el envidioso, es el mal que su propia aflicción le proporciona y, a mayor sufrimiento, mayor es el odio que siente hacia el envidiado que no se da cuenta de ello hasta que no ha recibido las primeras acciones en detrimento de su fama, de su honra o de su propia persona, con alguna acción en la que no sólo se encuentra el odio del envidioso, sino la cobardía que subyace en la personalidad patológica de todo envidioso, de todo ser incapaz de vivir su vida en plenitud, con las limitaciones que tienen todos los seres humanos, de una u otra forma, porque la envidia es una clara demostración de admiración pero invertida, reconvertida en odio feroz, por lo que las cualidades, circunstancias o méritos del envidiado parecen convertirse en la mente de todo envidioso en defectos insufribles, insoportables para el mismo y, por ello, merecen ser destruidos, aniquilados, pero sólo por el mero hecho de que esas virtudes, excelencias o capacidades envidiadas las tiene otro y no el propio envidioso que se ve incapaz de trasladar hacia sí mismo esos dones tan codiciados y deseados, como irritantes, insoportables y odiosos. Por eso decía Horacio: “El envidioso enflaquece al ver la opulencia del prójimo”. No es la opulencia, felicidad y fortuna lo que le hace mal por sí mismas, sino el que las posea otro.
El carácter español está bien definido por la envidia y de eso hay pruebas a lo largo de la Historia. Este país, cainita en muchos aspectos, no soporta el bien, la felicidad, o los méritos de sus convecinos, de sus amigos, conocidos y, mucho peor, de sus propios familiares cuando no son muy allegados, pero los acepta cuando las detentan personas lejanas en el tiempo, en el espacio geográfico o en la extranjería del personaje. Por eso, en España quien triunfa en cualquier área de actividad: artística, deportiva, política, social, etc., siempre se ve envuelto en una nube tóxica de murmuraciones, de traiciones por parte de los más allegados, de calumnias, de golpes bajos, de los cuales vemos ejemplos todos los días en los medios de comunicación, sobre todo si esos personajes han ganado una fama, fortuna y bienestar tal que son especialmente llamativos en su dimensión. Por eso, es frecuente oír en programas televisivos, prensa rosa, programas radiofónicos y cualesquiera mentideros en las ondas o en el papel cuché que existen, rumores de homosexualidades supuestas y no probadas; adulterios cantados a bombo y platillo y sin más fundamento que la palabra de quien los afirma; enfermedades terminales inexistentes, delitos imputados sin pruebas y un largo rosario de bajezas, canalladas, traiciones, calumnias y demás indecencias con el sólo objeto de disminuir la categoría artística, profesional, humana, o ambas a la vez, del/ cantante de turno, del bailarín famoso, del futbolista en la cresta de la ola y de cualesquiera que tenga la mala suerte de nacer en una país en el que se combate la inteligencia, la originalidad, la personalidad y el talento por parte de una horda de mediocres, cantamañanas y fracasados que sólo conciben la vida echando mierda a la de los demás con las malas artes en las que sí son unos virtuosos, aunque las demás virtudes no las tengan en su paupérrimo curriculum de envidiosos frustrados y sinvergüenzas ejercientes.
Naturalmente, que la envidia existe en otras latitudes, países y culturas, pero en España tiene una acreditada cosecha propia, por eso aquí se le da más valor a lo que viene de fuera que a lo producido en este país; se apoya más al cine, a la música, a la literatura y un largo etcétera que no tenga el marchamo español. Todo ello porque es más fácil alabar, admirar y respetar a lo foráneo que a lo nacional y eso no es producto  de nuestro sempiterno complejo de inferioridad con respecto a lo extranjero. En absoluto obedece a ausencia de autoestima y de reconocimiento de lo propio, sino a todo lo contrario: obedece al principio que rige la vida del envidioso y es que mientras esté más lejos, más ajeno, y por ello menos amenazante en su proximidad, conocimiento y trato, lo envidiado, sean productos o personas, es más aceptable, menos peligroso en cuanto a su ajenidad o lejanía, y por tanto no puede haber comparación, rivalidad ni  odio.
La envidia en España es un defecto convertido en un marchamo de origen, como el chorizo de Pamplona, el Jerez, el jamón ibérico de bellota o el aceite puro de oliva. Tenemos unos inmensos stocks de envidia y envidiosos como para que se haga realidad la frase de Molière que, como todo famoso, aunque de otra época, también la sufrió, cuando decía: “Los envidiosos morirán, pero la envidia es inmortal”.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La mala educación





 por Ana Alejandre        




Imagen del cartel anunciador de la película La mala educación, de Pedro almodovar.

          Aunque en la sociedad occidental la mala educación generalizada se está convirtiendo en algo habitual en el trato humano, refiriéndonos a España concretamente, este fenómeno social de la mala educación o falta de modales  es algo tan normal y habitual y aumenta con tal intensidad que estamos a la cabeza de este denigrante ranking de la grosería y la falta de respeto que se ha convertido  en una norma generalizada que ha generado este clima social en el que prima la insolencia, la  agresión verbal y la más absoluta carencia de respeto al prójimo.
            Una de las manifestaciones más evidentes de la falta de modales y de educación en la sociedad española es el tuteo generalizado, indiscriminado, injustificado e insolente que se encuentra en cualquier circunstancia de la vida cotidiana entre personas que no se conocen, con diferencia notable de edad, situación y hasta jerarquía.
Parece así como si quien utiliza el “tú” de forma habitual y sin que el interlocutor le haya dado pie a ese trato de confianza y sin que hayan motivos para justificarlo, creyera que el tratamiento de “usted” le rebajaría a quien lo use para dirigirse a quien no conoce y quien es merecedor de un trato educado y cortés, porque sería sinónimo de servilismo o inferioridad. El “tú” indiscriminado le da, a quien habla, una sensación de igualdad con el tuteado, o por lo menos, le quita el complejo de inferioridad que parece tener y que intenta paliar, con esa confianza no otorgada y sí tomada indebidamente, con el receptor de un trato de confianza que no está justificado en muchas ocasiones por la inexistencia de las circunstancias que lo justifiquen: amistad, similar edad, igualdad jerárquica, o simple relación  de compañerismo que, si faltan, hace inadecuado un trato que sólo quien lo recibe debe ser quien dé el consentimiento para ser tratado con dicha familiaridad, por lo que, cuando no se ha dado éste, muchas veces es no sólo inapropiada, sino vejatoria y hasta grotesca una confianza tomada a la fuerza y no ganada y aceptada por el otro.
En esta sociedad carente de valores, la educación y las buenas maneras que son la parte externa del respeto que todo ser humano merece, parecen haberse convertido en una materia obsoleta y propia de museos, porque el “usted”, sobre todo entre gente joven, es considerado como algo arcaico y fuera de lugar en este mundo, en el que padres, profesores,  sacerdotes,etc., y cualquier otro representante de la autoridad que le confiere su propia calidad paterna, docente, eleciástica, etc., han sido despojados de toda autoridad moral y quien la ostenta es motivo de faltas de respeto que siempre se manifiesta en el trato cortés y con el distanciamiento adecuado a la ocasión y sus protagonistas, y éste empieza a manifestarse por el propio lenguaje, porque cuando se sustituye el “usted” por el “tú”, queriendo así hacer bajar a la propia altura de quien considera que el tratamiento de “usted” rebaja a quien lo usa y, sin embargo, el “tú” unifica en una supuesta y falsa igualdad a ambas partes, como si esa mera palabra pudiera hacer iguales a quienes no lo son por  desigualdad notable de edad, experiencia, conocimientos y autoridad de los que carece quien quiera obviar de un salto, y por el simple mal uso del lenguaje, convertir en un “colega” a quien no lo es por las características que posee y que le diferencian del tuteante.
 Esta mala costumbre se está generalizando en comercios, bares, restaurantes, etc,, en los que sin conocer da nada al cliente, lo reciben con un tuteo inadecuado, incluso en establecimientos de cierta categoría, que no sólo molesta a quien no se toma esas confianzas  indebidas con quien no conoce, sino que le hace una mala propaganda al negocio en cuestión por un absurdo deseo de hacer que el cliente “se sienta como en su casa”, cuando lo único que consiguen es espantar a la clientela que no tiene ningún deseo de intimar a la fuerza con quien es un absoluto desconocido y seguirá siéndolo después.
Pero esa mala educación no sólo se encuentra en el tuteo maleducado y generalizado, sino en muchos detalles de la vida cotidiana que ofrecen otros modelos de conductas en las que prima la falta de cortesía y respeto al otro. Los ejemplos son muchos y todos los hemos sufrido de una forma u otra: cartas o mensajes que no se responden por considerar que el silencio es suficientemente expresivo para quien espera la respuesta; saludos no respondidos e ignoradas a propósitos; dejar al interlocutor con la palabra en la boca y darse la media vuelta en una reunión sin una disculpa. Sin embargo, los ejemplos más graves de la grosería son siempre las agresiones verbales, aunque algunas veces vayan trufadas de una supuesta buena intención que desdice la pregunta insolente, indiscreta e inoportuna cómo pueden ser lo siguientes ejemplos: ¿y tú cuánto ganas? ¿y tu familia dónde vive?,  ¿tu padre o marido/mujer qué es?, ¿vives de alquiler o eres propietario?, ¿en tu trabajo qué categoría tienes?, ¿antes de vivir en este barrio, dónde vivías?etc., que demuestra la falta de educación, la impertinencia  y la grosería de quienes, por creer tener cierta confianza con quien preguntan, traspasan cualquier límite de la intimidad de la otra persona que tiene dos opciones: o responder a una batería de preguntas que no tiene por qué, o mandar al cotilla de turno, y además grosero, a paseo, dando el silencio por respuesta, o dando la conversación por terminada. Es curioso que quien utiliza este tipo de agresión verbal siempre son aquellos que afirman que “no les gusta dar explicaciones de sí mismos”, pero se consideran con derecho a pedirlas a los demás y  parece interesarles mucho las vidas ajenas, por lo que las preguntas insolentes las hacen siempre a personas que no son iguales en la falta de educación y eso les da seguridad a los cotillas-groseros  que actúan en la confianza de que no les van a mandar a paseo, precisamente, por la educación que el otro demuestra y que le falta al maleducado inquisidor.
Las múltiples variantes de la mala educación no termina aquí, sino que se expresa en otros muchos aspectos de la vida cotidiana: empujones en los espacios públicos para entrar en un ascensor, conseguir un asiento en un transporte, etc.; el no respetar el orden en una cola de espera, saltándose el turno que corresponde; malas contestaciones a cualquier comentario normal y educado sobre política,  el tiempo metereológico, el tráfico,  la hora, las prisas y un largo etcétera que haría interminable esta relación a modo de ejemplo.
Además, en el campo de la higiene personal se pueden encontrar verdaderas  agresiones visuales u olfativas a los demás, empezando por la ausencia de higiene y los olores corporales consiguientes, lo que se hace más evidente en el verano, con  los cuerpos enseñando lorzas, sobacos al aire, piernas peludas, chicas enseñando la parte superior del tanga, en una exhibición de mal gusto, chabacanería, impudicia y ausencia del más mínimo respeto por sí mismo de quien muestra su dejadez en la vestimenta, falta de higiene,  de estética y del más mínimo sentido del buen gusto que ponen en evidencia la clase de individuo/a que muestra en su aspecto personal  su propia catadura. Ya decía Shakespeare que “en la vestimenta de un hombre se aprecia su naturaleza íntima”. 
A todo esto se suma el gusto por los vaqueros desteñidos, rozados y con bolsas, usados a todas horas: en fiestas, trabajo, paseo, excursiones, etc., convirtiendo a esa prenda -que era propia de los trabajadores ferroviarios americanos en el siglo XIX y ahora convertida en un fetiche para muchos-, en una prenda todo terreno que, por servir para todas las ocasiones, según sus defensores, se ha convertido en inadecuada para todo. Además de las camisetas sudadas, arrugadas y desteñidas, las zapatillas deportivas a todas horas y el chándal con tacones, convirtiendo al paisaje urbano en un desfile de horrores por el que deambulan los aficionados a la ropa cómoda, poco lavada y muy usada, en unos exponentes  de lo que simplemente  es: el gusto por la falta de aseo, la afición a la guarrería, la horterada y el horror estético que si se puede aceptar en edades  juveniles y ciertas profesiones que necesitan ropa dura y resistente al desgaste, no se puede aceptar en otras situaciones en las que se debería cuidar más el aspecto físico por estar en contacto con el público, por la edad del usuario de tales prendas o por la ocasión en la que las utiliza.
 A todo esto se suma el continuo uso de tacos, palabras malsonantes, insultos, descalificaciones, en boca de hombres y mujeres en cualquier lugar o situación (sólo hay que ver algunos programas televisivos donde se encuentran un continuo ejemplo de lenguaje soez), en los espacios públicos o en autobuses y metros, para oir la forma de expresarse, sobre todo de los más jóvenes  que serán los adultos del futuro, y que antes sólo se oía en ciertos ambientes cuarteleros o carcelarios.
Todas estos ejemplos que se pueden apreciar continuamente en las múltiples áreas de la vida cotidiana y en los diferentes sectores de la actividad humana, sólo son una prueba de que la convivencia de los españoles se ha deteriorado totalmente en las últimas décadas, y ahora ofrece continuos ejemplo  de exabruptos, mala educación, poco respeto al prójimo, en una mala interpretación de la modernidad y el olvido de las buenas maneras que no es un paso hacia delante, sino una regresión a la barbarie en la que lel ser humano parece ir perdiendo todo lo que la civilización -en el más amplio sentido de la palabra- ha otorgado a la Humanidad, para volver a épocas primitivas, en una continua negación de la cultura de la que nos hemos nutrido y perdernos en la oscuridad de la ignorancia, la sinrazón y la barbarie.
Malos tiempos son en los que la ley del más fuerte, la ley de la selva, es decir del más salvaje, se convierte en la norma general que rige la convivencia en una sociedad. Así sólo se puede llegar a la destrucción de esa misma sociedad que ha perdido todos su valores, todos los ideales en los que se ha sustentado, porque cuando se traspasan los límites que definen el espacio del otro de forma oral, gestual, o emocional, se terminará traspasando los límites espaciales y territoriales y de ahí a las agresiones físicas no falta nada. El violento está siendo- y será cada vez más- dueño de la calle, los espacios públicos y la sociedad en general.. La veracidad de esta afirmación lo demuestra el gran número de denuncias por agresiones  o acosos en centros escolares- no sólo de alumno a alumno sino a profesores- ,  centros de trabajo, agresiones en el seno de las familias y el aumento de la delincuencia en general,
Con una situación así, lo que es necesario no es “la educación para la ciudadanía”, sino la educación  de los ciudadanos para que predominen el respeto al prójimo y   la convivencia pacífica y civilizada y eso es “educación” a secas. Sin  más  retórica que no dice nada, porque  la educación es la demostración palpable de la cultura, de los valores y de la propia idiosincrasia de un pueblo civilizado.
  

miércoles, 6 de octubre de 2010

Bromas aparte

 
 Agustín Jiménez, Josema Yuste, Félix Alvarez 'Felisuco"
 Nota: este blog ha sido trasladado de WordPress a Blogger.

por Ana Alejandre

La obra que se está representando en Madrid, en el teatro Infanta Isabel, titulada "La cena de los idiotas",  de Francisc Veber, interpretada con esmero por un trío de actores como son Josema Yuste, Agustín Jiménez Félix Alvarez 'Felisuco",  trata. en síntesis, de la invitación a una cena por parte de gente "lista" a quienes consideran que es tonto o inocente, para reírse de él, y de ahí surge la reflexión del autor sobre la sociedad en la que vivimos.

 
Esta obra trae a colación un problema que en España, hasta hace poco tiempo, se consideraba algo sin importancia por eso de la tendencia española a reirse del prójimo "inocentemente", según los bromistas afirman, pero la inocencia solo es cierta en quien la recibe y no en quien o quienes gastan la broma/putada que define realmente a sus autores.


España es un país muy dado a la proliferación de las bromas, aunque muchas veces son llamadas así acciones que constituyen auténticas canalladas por la forma y el contenido de la misma, ya que toda broma debe reunir los tres requisitos y las tres características que la define y que son imprescindibles para que pueda calificarse como tal. Empezando por los requisitos son los siguientes y necesarios en los supuestos bromistas:

1º) Sentido del humor.

2º Buena fe, es decir, deseo de no hacer daño físico o moral al embromado.

3º) Inteligencia para que la broma sea ingeniosa y no una patochada de mal gusto.

4º) Respeto al destinatario de la broma para no pasarse de ciertos límites que son inaceptables, temiendo en cuenta su edad, sexo, circunstancias personales y demás elementos que confluyen en una determinada persona.

En cuanto, a la broma en sí, debe reunir estas características:

1º) La broma se debe dar directamente por el/los bromistas al embromado, o si se hace a través de otros, debe el bromista inductor que permanece en la sombra dar la cara inmediatamente.

2º) Debe durar un tiempo mínimo, sin alargarlo innecesariamente, porque perdería la cualidad de broma para pasar a ser una vileza.

3º) El /los bromistas inmediatamente deben aclarar que el hecho en sí ha sido una broma y no dejar a la víctima de la misma con la sensación de humillación y desconcierto.

4ª) Se tienen que reír tanto el que da la broma como el que la recibe. Cuando la risa es unilateral, estamos hablando de una canallada, pero no de una broma.

Son famosas las llamadas "novatadas" que se han dado desde tiempo secular tanto en colegios mayores, residencias estudiantiles, cuarteles, etc., y que debido a la dureza, crueldad y humillación que han sudrido sus víctimas, han tenido que prohibirse bajo fuertes sanciones, debido a las graves consecuencias físicas y psíquicas que han sufrido los destinatarios de semejantes salvajadas.

Por eso de la afición a las bromas que, paradójicamente, las gastan siempre quien menos las soportaría a su vez y elige como destinatarios a quienes no las gastan nunca y menos de forma anónima, por eso de que son considerados “inocentes”, proliferan en la radio, televisión e internet, sobre todo en este último medio, porque presuponen los supuestos bromistas que el anonimato que da la red hace la broma más “graciosa”, pensando que la red le dará al hecho en sí la gracia y el ingenio que no tienen los supuestos bromistas.

Por ello, y en relación a las bromas radiofónicas, muchas veces se escucha a través de las ondas las palabras indignadas o disgustadas de los destinatarios de tales acciones que se pueden llamar auténticas putadas, mientras creen que todo es verdad y no producto de una supuesta "broma", que es la calificación benévola de los autores de tales cabronadas que demuestran que no tienen sentido del humor, pero si muy poca vergüenza. Sólo, después cuando les advierten que toda ha sido una “broma”, los receptores de la misma no saben si pegar bofetadas, ciscarse en la madre de ese pariente, amigo, conocido, o compañero que es el inductor de la broma radiofónica, televisiva o vía internet, o mandarle a paseo con cajas destempladas, porque con tener amigos o compañeros así, ya no son necesarios los enemigos porque aquellos cumplen a la perfección dicho papel.

También, en internet se pueden encontrar videos grabados con simples móviles en los que aparecen personas vejadas, insultadas, apaleadas y recibiendo toda clase de abusos físicos y psíquicos y, lo peor, es que los malnacidos que realizan esa clase de “proezas” lo van diciendo a sus amigos y conocidos, jactándose de ello, para que todos se burlen, a su vez, de la víctima de tales abusos que sólo tiene dos opciones: la denuncia y exigir responsabilidades, o partirle la cara a los cobardes, auto titulados “bromistas” que sólo cuando son descubiertos, les entra el miedo a las posibles consecuencias, pero nunca les da vergüenza cometer tales vilezas, porque han demostrado a las claras que no la tienen. Aquí se podría utilizar el dicho de que “tienen mucho miedo y muy poca vergüenza”.

Además, en internet se pueden encontrar otras variantes, igualmente indeseables, a través de los correos electrónicos con mensajes burlones, llamadas vía internet, utilización del nombre de otra persona para enviar dichos mensajes, subir videos a internet que sean ridículos, vejatorios, humillantes, etc, para la persona de la que han utilizado su nombre o similar, a fin de crear confusión.

Existe otra modalidad de supuestas bromas, en la que se utiliza el teléfono para acosar, irritar, preocupar o amedrentar al receptor de las llamadas repetidas y que ignora quién o por qué le llaman. Suelen ser de varios tipos: llamadas continuas “equivocadas”, llamadas que cuelgan al ser respondidas, llamadas con música, con palabras malsonantes, injuriosas, amenazantes y un largo etcétera. El teléfono, por la posibilidad que dan los móviles de poder quitar la visibilidad del número llamante a voluntad, se convierte así en un aliado de los aficionados a cabrear al personal.

Naturalmente, el llamante procura, para gastar la supuesta "broma" por teléfono, hacerlo con el sistema antes mencionado o desde teléfonos públicos, aunque también, para no tener problemas de posibles denuncias y que sean voces distintas, le encarga a familias y conocidos –igualmente impresentables que aceptan dichos encargos con la coletilla de ser una broma, o con la excusa de que está recibiendo llamadas a su vez de quien va a ser acosado vía telefónica, para conseguir aliados y el silencio de todos los que participan en la vileza que llevan a cabo- que llamen sólo una vez desde cada teléfono para que no puedan ser denunciados porque “una equivocación la sufre cualquiera” Ignoran estos indeseables que las compañías telefónicas, incluidas la de telefonía móvil, tienen obligación de guardar los datos de las llamadas de cada número de teléfono fijo o móvil durante  un año, por lo que, puesta la denuncia correspondiente, se pueden rastrear las llamadas recibidas por el denunciante y, a partir de ahí, seguir la pista y llegar hasta los culpables.

La lista de posibles métodos de bromas es infinita, pero cuando la acción la lleva a cabo un grupo de personas relacionadas entre sí y dirigida a un tercero (siempre el receptor de la canallada es uno solo, porque la unión hace la fuerza y podría llegar a ser peligroso elegir a varias víctimas al mismo tiempo), la supuesta broma adquiere visos de auténtica indecencia, aunque en una sociedad indecente como la que sufrimos, todo está permitido para conseguir determinados fines, aunque éstos sean despreciables: ridiculizar al destinatario de la broma, humillarlo, acusarlo a su vez de ser el autor de acciones con las que no tiene ninguna relación o son inexistentes, provocarlo para que reaccione a su vez y responda de idéntica o similar manera; acosarlo, chantajearlo o extorsionarlo, cuestiones éstas que cada vez se denuncian más, incluso por famosos, en los medios de comunicación.

Naturalmente de estas situaciones siempre hay alguien que saca provecho, aunque permanece en la sombra sin implicarse directamente, porque el inductor de este tipo de vilezas siempre permanece oculto y utiliza a otros más tontos o manipulables para llevarlas a cabo, a los que desprecia en el fondo pero a los que utiliza, además de que a cualquiera de ellos le incita a hacerse pasar por “amigo y confidente” de quien recibe la afrenta -cuando no lo hace el propio inductor si sabe que el destinatario de dichas acciones no sospecha de su autoría- para que le cuente lo que piensa de lo que le sucede, de quién sospecha y así poder multiplicar la fuente de jolgorio de el/los malnacidos de turno. Ya decía Shakespeare que “al enemigo, por mucho que quiera ocultarlo, siempre se le reconoce en la boca”, es decir, cada embromado debe sospechar de quien se muestra muy solícito de pronto y se preocupa por su bienestar, lo que no ha hecho nunca antes, para así recibir sus confidencias y transmitirlas a los que actúan “de broma”.

Todo estos métodos "bromísticos" parecen ser las nuevas modalidades, mucho más peligrosas y dañinas, del juego de “la gallinita ciega” en la que todos tocan a quien tiene los ojos vendados y éste tiene que averiguar quién ha sido. Es decir, lo que es un juego inocente de niños, se convierte en manos de adultos menos inocentes y más malintencionados, en múltiples variantes posibles para que el embromado esté siempre en ascuas y tratando de averiguar quién y por qué le está acosando con llamadas, correos electrónicos burlones, jocosos, -siempre claro está con nombres supuestos, e incluso utilizando nombres reales que no corresponden al emisor del mensaje-, y otras variantes más peligrosas como las ya dicha de los videos en internet-, que son la demostración palpable de tanto malnacido que tiene mucho tiempo libre y muy poca vergüenza, además de una vida insatisfactoria, lleno de envidia, frustración y mala baba que tiene que desahogar atacando a otros a los que considera “inocentes” para demostrarse a sí mismos lo listos e inteligentes que son y, por supuesto, a los miembros de su camarilla de supuestos bromistas y miserables ciertos y no supuestos.

Naturalmente, en situaciones así, tanto el/los bromistas como el embromado siempre salen perjudicados,: los primeros cuando reciben las consecuencias de sus acciones en forma de denuncia -si procediera la misma- y el segundo porque recibe un mal trato psicológico inmerecido –estamos hablando de quienes nunca han hecho nada en contra de otros y menos de forma anónima y cobarde-. Después, una vez descubiertos, sólo dicen que todo ha sido una broma “inocente”, pero que no querían ofender ni hacer daño a quien ha recibido semejante canallada que, si no constituye delito y por tanto no puede denunciar tiene que “tragar”, o ciscarse en la madre de todos los “amigos” que “le han hecho reír tanto” y enviarle saludos al padre de tanto malnacido, si es que sabe quién es, cosa que por su propia actitud desmiente.

Decía Jorge Luís Borges que “en el odio y en el amor hay que medirse con iguales”. Por eso, muchos “bromistas” eligen siempre a personas que no son iguales ni en inteligencia, decencia, dignidad e, incluso, valentía, quizás porque este tipo de gentuza siempre se siente atraído por quienes no son como ellos –afortunadamente, para el diferente- y lo ponen a prueba constantemente para así poder rebajarlo a su propia altura, es decir, a la altura de los canallas, ridiculizándolo o vejándolo, porque olvidan que quien es un malnacido lleva siempre el marchamo de origen para su vergüenza, y quien no lo es nunca bajará a la altura de los otros, porque en ello precisamente radica su propia grandeza, esa que envidian los que son capaces de tales acciones, pero siempre de forma anónima, segura para ellos, según piensan los indeseables, y eficaz, según suponen, aunque para ello tengan que traspasar cualquier límite con tal de conseguir sus fines que nunca son, por supuesto, hacerle pasar un buen rato de risas al destinatario de tales cabronadas edulcoradas de broma.


Es que hay que reconocer que hay mucho miserable disfrazado de persona decente de cualquier edad o condición; pero cuando se le cae el disfraz y la máscara queda con el culo al aire –tantos los que cometieron los actos, como los que sabiéndolo lo calla y colaboran aunque sólo sea con el silencio cómplice-, enseñando sus vergüenzas, aunque sean incapaces de sentirla, y tratando de echarse las culpas uno a otros –si es que fueran varios-, porque los cobardes capaces de semejantes canalladas no sacan la cara ni por sus propias madres; las cuales deben de sentir bochorno de haber paridos a semejantes malnacidos, dicho todo esto con todo respeto hacia las madres y ninguno hacia ese tipo de impresentables que.se divierten con burlas, bromas y escarnios que los define más que cualquier otro calificativo que pudieran usarse para catalogar esas conductas de indeseables, de las que no se deben sentir muy orgullosos porque nunca dan la cara por miedo a que se la rompan, a pesar de tenerla tan dura.

Estas vergonzosas situaciones se dan continuamente y los medios de comunicación han facilitado esta siniestra plaga con el supuesto anonimato que otorgan, porque estamos en un país tan dado a reírse del prójimo y no por exceso de humor, sino por falta de respeto, inteligencia, vergüenza y decencia, porque esas virtudes o características sí que son risibles y burlables para quienes carecen de ellas, sobre todo cuando las ven reflejadas en quienes, por eso mismo, son objeto de la burla y la provocación a la que siempre se les llama "bromas", en esa corrupción del lenguaje, el mismo que permite llamarles simples bromistas a quienes son sólo, y sobre todo, unos miserables con alma de canallas y actitudes de rufián.


Y lo peor de todo, es que, a veces, quien así actúa va presumiendo de títulos, honores e ilustración, lo que queda en entredicho a la vista de los hechos que niegan esa supuesta  cultura y hacen aún más patente su mera condición de sinvergüenza, además de imbécil fanfarrón en el que sobra la cobardía y falta la  educación, el respeto al prójimo y la dignidad, cuestiones éstas que a sujetos de esta calaña les suena a chino y por ello aún están aprendiendo el alfabeto, aunque la gramática parda ya la aprendieron hace mucho tiempo. 

A los canallas que actúan de "broma", sólo hay que denunciarlos, cuando sea constitutivo de delito el hecho en sí, o mandar al bromistas y sus colaboradores a tomar por el saco y que le gasten las bromas a sus señoras madres, aunque ya se las gastaron y bastante pesada  cuando parieron a semejantes hijos de puta.