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sábado, 13 de octubre de 2012

Los españoles, el matrimonio y las uniones de hecho



Alianzas marimoniales
                España ha sido un país tradicionalmente católico y por eso los matrimonios se celebraban hace décadas únicamente de forma canónica, lo que llevaba aparejado el matrimonio civil.
            Después, con la democracia y la separación entre Iglesia y Estado, se celebran ambos matrimonios de forma sucesiva en el matrimonio religioso, aunque el matrimonio canónico y el civil no tiene ya el mismo nexo de relación obligatoria de décadas atrás, porque puede celebrarse  sólo el civil o el canónico, según la predilección de los contrayentes, aunque habitualmente no se celebra el matrimonio canónico solamente, porque los contrayentes si optan por éste último, también lo hacen civilmente.
Posteriormente, la sociedad se fue apartando de la práctica religiosa, en una gran mayoría, y trajo consigo una nueva modalidad –aunque siempre existió, pero sin la aceptación social que tiene hoy en día-, como es la unión de hecho, especialmente desde la equiparación de dichas uniones, en el aspecto civil, al matrimonio.
Las parejas cada vez se casan menos y eligen, en una amplia mayoría, la unión de hecho, con o sin el registro existente a tal fin; pero su aumento incuestionable no se debe a causas de la pérdida de fé, porque tampoco aumenta el número de matrimonios civiles, sino que se debe a una cuestión práctica: por una parte, la eliminación de los gastos inherentes a la ceremonia civil y/o religiosa; y, por otra, a la previsión de una supuesta separación más fácil en el futuro, con la eliminación de la consiguiente carga de trámites burocráticos, además de la rapidez y comodidad que supone el hecho de irse a vivir juntos  sin más trámites, gastos, papeleos y molestias.
Las estadísticas muestran el descenso en el número de matrimonios que se contraen cada año en las dos modalidades: civil y religiosa, que ha pasado de los 8 matrimonios por cada mil habitantes/año, a la cifra de 3,5 matrimonios por mil habitantes/año, que es inferior a la media europea que se sitúa en 4,5 en dicha proporción y año.
Imagen simbólica de las uniones de hecho


Además, se ha registrado un aumento imparable en el número de nacimientos fuera del matrimonio que en las décadas 60 y 70 del pasado siglo eran sólo un 2% de los nacimientos ocurridos. Sin embargo,  hoy en día la cifra es de un 35%, también superior a la media europea que es de un 33%. Todos estos datos indican que los españoles, cuando nos decidimos a hacer algo, somos siempre extremistas y no conocemos el término medio.
            Todas estas cuestiones tan importantes en la vida de cualquier ciudadano, se han debatido en un encuentro que ha organizado The Family Watch, y en el que Víctor Torre da Silva, profesor del Instituto de Empresa, ha manifestado el crecimiento de las uniones de hecho frente a los matrimonios actualmente. Ha hecho hincapié en que la actual crisis económica se encuentra detrás de este fenómeno que es imparable, pues la celebración de cualquier  tipo de matrimonio sigue siendo extremadamente cara, y a ello hay que añadir  el factor también decisivo de que las legislaciones de las distintas Comunidades Autónomas, equiparando a las uniones de hecho al matrimonio, ha creado una ventaja indudable entre unas y otro, lo que convierte a las uniones en una opción más favorable para la economía y comodidad de la pareja a la hora de decidir unirse, además de reportarle similares ventajas, aunque  sólo en apariencia.
            La ciencia también tiene relación con esta situación, ya que las técnicas de reproducción asistida, les permite a muchos tomar la decisión de tener hijos biológicos  de forma unipersonal (las mujeres con los donantes anónimos de esperma y los hombres con los vientres de alquiler que, aunque no están permitidos en España, siempre hay formas de burlar la ley en ese sentido), sin tener que cumplir el requisito previo del matrimonio y de crear un ambiente familiar estable en el que criar a los hijos.
            Dicho profesor ha manifestado que la falta de estabilidad en las relaciones de pareja es un manifiesto paso atrás en la historia, ya que representa, en el mundo de hoy, la figura del matrimonio romano originario que estaba basado en el afecto más que en el compromiso.
Esta concepción de la relación de pareja, aunque parece muy positivo y deseado al principio, tiene sus luces y sombras como todo lo humano, y le da a la unión de hecho en sí un signo de precariedad, provisionalidad y futilidad que facilita la ruptura en un porcentaje superior a la de cualquier matrimonio, civil o canónico.  La facilidad para llegar a la unión de hecho es la misma que para realizar la desunión y sólo descansa sobre la voluntad de los miembros de la pareja, aunque en la mayoría de los casos, sólo es la voluntad de uno de ellos la que decide cómo, dónde y hasta cuándo seguir con la  otra persona y basta que el aburrimiento, el hastío, la falta de deseo, el desgaste de la convivencia o cualquier otro motivo le lleve a dar por terminada esa relación, aunque el otro componente no esté de acuerdo; primando así una voluntad sobre otra, sin consecuencias legales ni patrimoniales, si no existen hijos o bienes a repartir, y sin tener en cuenta más que el  propio deseo y la voluntad de quien pone fin a la relación.
Imagen terrible del maltrato a la mujer
Las estadísticas policiales afirman que en los casos de maltrato a la mujer, el porcentaje más alto lo ofrecen las parejas de hecho con respecto a los matrimonios, pues las mujeres maltratas por sus maridos son un 48% y el 52% son parejas o ex parejas. Aunque en esta sociedad en la que todo tiene que ser fácil, rápido, cómodo, bonito y barato y lo que poco cuesta, poco vale, por esa confusión entre el valor de las cosas y lo que se paga por ellas, incluidas las relaciones en las que el amor, la lealtad, la fidelidad y otros sentimientos humanos entran en juego, mientras menos responsabilidad existe en una situación determinada, menos valor o importancia se le da a la misma. Sólo hay que  preguntarse en quién vería como algo recomendable un puesto de trabajo, sin contrato, sin alta en la Seguridad Social, sin unas garantías jurídicas, laborales y económicas pactadas previamente entre ambas partes, empresario y trabajador, y que el empresario pudiera decidir unilateralmente el sueldo, el horario, las obligaciones del trabajador y hasta el despido, de un día para otro, sin más responsabilidad ni consecuencias de ningún tipo. O  también cabe la pregunta: ¿Qué propietario se atrevería a alquilar un piso sin la firma de un contrato, sólo de palabra? Es curioso que en un tema tan importante como es la vida de pareja, el ser humano se suele confiar, aunque en dicha relación no sólo hay aspectos sentimentales, sexuales y afectivos, sino también aspectos económicos que deben ser regulados para evitar problemas indeseables cuando el amor se acaba y comienza el odio.
Naturalmente, el hecho de que la relación de pareja se basa en el amor, la pasión o el mero capricho, parece rodear a la misma de una especie de escudo protector que le asegura su  inmunidad para que pueda tomar cualquier modalidad de entre las dos existentes, decantándose siempre hacia la más barata, cómoda, rápida y sin complicaciones. El problema es que aquí se olvida que la legislación, al equiparar la pareja de hecho, con o sin registro, al matrimonio, está estableciendo de forma tácita una serie de responsabilidades que quienes se embarcan en la aventura de la convivencia ignoran o creen que son menos gravosas que las del matrimonio. Sin embargo, no sucede así como demuestran los tribunales a la hora de decidir quién se queda con el piso, con el coche, con los hijos habidos en las parejas de hecho y con todo lo relacionado con los bienes conjuntos, estableciéndose una guerra campal, en muchas ocasiones, iguales o, muchas veces, más virulentas que las de cualquier divorcio porque no están definidos derechos y deberes a priori.
Algunos piensan, por ello, que el día que se cansen de su pareja le dirán adiós y se acabó,  ignorando que también se puede exigir al otro miembro de la pareja de hecho una paga compensatoria cuando el o la solicitante no tiene medios de vida propios o sale perjudicado en la ruptura. Total, las consecuencias son iguales que en el matrimonio, pero sin tener ya resuelta esas y otras cuestiones al no estar casado, porque no hay que olvidar que el matrimonio civil es un contrato entre dos personas que establecen una sociedad de gananciales, en separación de bienes o de participación, según opten los contrayentes. Y en esos supuestos, ya está contemplada por la legislación civil la división de dicha sociedad de gananciales o, si existe el régimen de separación de bienes, aún es más sencillo desde el principio del matrimonio.
Es decir, por ahorrarse el trámite del matrimonio, las parejas de hecho contraen iguales responsabilidades patrimoniales que las casadas cuando tienen bienes conjuntos. Los problemas comienzan al final de la relación cuando esa aparente facilidad se convierte en dificultades superiores a la hora de dilucidar qué es de uno y qué es de la otra, pero no están inscritos a nombre de los dos, bien porque no hay un contrato (matrimonio) o un régimen económico regulador decidido por las partes, y así se pone de manifiesto lo que dice el refrán: “Lo barato siempre sale caro”.
Naturalmente, las parejas de hecho también pueden establecer el régimen económico por el que se regirán durante la duración de dicha unión, eligiendo cualquiera de los tres regímenes indicados anteriormente. Dicha posibilidad producirá las mismas consecuencias que en el matrimonio, pero para ello tendrán que realizar los actos y trámites burocráticos que se exigen, dándose la paradoja de que son los mismos que quieren evitar no casándose.
Sólo hay que ver a  quienes -la mayoría son mujeres-, que han perdido a su pareja de hecho y cuyos bienes sólo estaban a nombre de quien ha fallecido, tratando de demostrar que han convivido al menos dos años, en el caso de no haber hijos comunes, con el o ella, para subrogarse en el contrato de alquiler del piso en el que convivían y que estaba a nombre únicamente de quien ha muerto; o  para poder  demostrar los requisitos necesarios para obtener una pensión similar a la de viudedad, aunque después venga el cónyuge legítimo (si lo hubiere) a quitarles la pensión, o para retener el usufructo del piso propiedad del fallecido, si no había hijos por parte del  causante o de ambos.
El matrimonio estipula, desde el primer momento, los derechos y deberes de los cónyuges, mientras que a las parejas de hecho que no han  estipulado el régimen económico, les queda el amargo trabajo que exige mucho tiempo, y paciencia para demostrar todos los extremos, antes de poder beneficiarse de dichos derechos, similares a los del matrimonio, cuando se rompe la pareja, por voluntad de uno o ambos, o por fallecimiento.
Y es que cuando se acaba el amor que suele durar poco (ya lo dijo Pablo Neruda “qué corto es el amor y qué largo es el olvido”) y no hay una voluntad de continuidad, de lucha por la pareja, por la familia que se ha querido crear, aunque después no se haya conseguido, lo único que queda, además de la amargura, el desencanto y el rencor, es la lucha feroz por dilucidar quién compró el televisor, el coche, o pagó más dinero por el piso, peleándose en los Juzgados por arrancar a los hijos o al perro de la custodia del otro, o sacar unos euros más con que poder salir airoso del mal trance de la ruptura, con la satisfacción sádica de pensar eso tan común de:” yo he perdido el tiempo, el dinero  y la ilusión, pero a este/a hijo/a de p… le voy  a quitar hasta las ganas de vivir”.
La felicidad o continuidad de una pareja no la garantiza nada ni nadie, ni el matrimonio ni la libertad supuesta, nunca es real, que ofrece la unión de hecho; pero sí son más duraderos los matrimonios con respecto a las uniones, con una media de quince años, mientras que las parejas de hecho no superan los cuatro años. La crisis económica ha provocado el efecto de rebajar el índice de divorcio a los niveles de hace una década, aunque sigue siendo elevado, pero menor que el número de parejas de hecho que rompen la relación.. El número de divorcios que se produjeron e 2010 en España era de tres por cada 4 matrimonios que se celebraron ese mismo año, es decir un porcentaje de 75% de divorcios con respecto a los matrimonios celebrados, cifra que ibaa en aumento - a pesar de los dicho anteriormente del frenazo que ha supuesto la crisis-, por lo que, dentro de muy poco tiempo, se estima que se celebrarán al año tantos matrimonios como divorcios, lo que viene a ser una tasa  de divorcios del 100%. Canarias ofrece el mayor índice de divorcios cada año porque estos superan a los matrimonios que se celebran anualmente, ya que alcanza la cifra de 121 divorcio por cada 100 matrimonios anuales, con la tasa consiguiente de 121% de divorcios. Le siguen la Comunidad Valenciana con un 89% y Cataluña con un 83%, Las Comunidades Autónomas que tienen una menor tasa de divorcios son Navarra y La Rioja con un 58% y el País Vasco con un 57%, aunque en estas Comunidades los divorcios no han disminuido por la crisis (datos relativos a 2010 ofrecidos por el Instituto de Planificación Familiar). La media nacional en ese año era del 75%, pasando del 47% que ofrecía el año 2000, lo que significa una tasa de aumento de un 60% en una década.
Los hijos siempre víctimas de los
 problemas de pareja
Todo esto indica que existe una amenaza cierta sobre el matrimonio y su continuidad como núcleo familiar que se basa en dos causas: el menor número de matrimonios que se celebran cada año, la primera; y, la segunda, la existencia de lo que se ha llamado divorcio express que facilita, agiliza y favorece los divorcios que se provocan en un momento de calentamiento por parte de alguno de los cónyuges, Parece como si está sociedad no viera bien la continuidad de la institución matrimonial, pilar fundamental de la propia sociedad, y tuviera una prisa inconfesable en acabar con ella, favoreciendo, agilizando y dando toda clase de facilidades para quienes quieran separarse o, simplemente, quien quiera hacerlo de forma unilateral sin tener que justificar sus deseos de romper el matrimonio ni presentar justificación alguna, motivo o causa que lo legitime, pueda hacerlo en el mínimo de tiempo posible -aunque nunca menos de seis meses-, y con las menores molestias. Esta posibilidad de romper el vínculo matrimonial, haya o no hijos, dejan al cónyuge que no está de acuerdo y a los hijos comunes,de haberlos, de la noche a la mañana, con la familia rota y el corazón encogido.
Al amor no le hacen falta firmas ni contratos, según dicen muchos, pero sí le hacen falta al desamor, al abandono, al deseo de venganza, al egoísmo y a la falta de escrúpulos para que, cuando se acaben los días de vino y rosas, no tengan que pagar las culpas ajenas los hijos habidos que se convierten en un arma arrojadiza y en víctimas, la pareja abandonada que no ha propiciado la ruptura (en caso de haberla y no ser la ruptura de mutuo acuerdo), y se sigan creando así, de forma imparable, familias desestructuradas, hijos neuróticos, y adultos que no saben lo que quieren ni saben querer, porque todo lo basan en el capricho, en el deseo inmediato, en el egoísmo feroz y en la voluntad omnímoda de buscar siempre el propio bien, aún a costa de los demás.
A esas personas, a las que le pesan las responsabilidades voluntariamente contraídas, los problemas cotidianos, los roces de toda convivencia, la rutina y la obligación moral para con una familia creada en un acto, si no de amor, sí de  capricho y amor propio -que es el único amor que muchos y muchas son capaces de sentir-, les sobran el matrimonio, los compromisos y los juramentos y, sobre todo, les sobra la pareja, porque les falta la madurez emocional, el sentido de la responsabilidad y, sobre todo, la capacidad de amar. Para ellos el divorcio o la ruptura es un “borrón y cuenta nueva”, para empezar a continuación otra historia con los días contados y con igual y previsible fin, el  que lleva siempre y sin remedio a la más absoluta soledad y alienación. Aunque habría que preguntarse: si quienes empiezan una aventura en común, no quieren firmar un compromiso porque no se fían de sus propios sentimientos ni los del otro y dudan de su durabilidad, ¿como puede triunfar esa relación, si ni siquiera creen en ella quienes la protagonizan? Una aventura en común tiene que empezar desde la confianza en el otro, la seguridad en los sentimientos propios y en  los de la pareja y en el deseo común de que la unión va a ser duradera y firme. Desde luego, mal empieza un proyecto en común en el que no creen quienes lo van a llevar a cabo. No es extraño que fracasen tantas parejas que, desde el principio, empezaban con dudas, sospechas, desconfianzas y recelos, se casen o no, porque ahora el matrimonio con el divorcio express tiene la puerta de salida siempre abierta.
El divorcio, como toda ruptura de pareja de hecho, no es más que la confirmación evidente de un fracaso  personal y vital y cada vez serán más quienes lo protagonicen, porque en esta sociedad materialista, en la que se quiere todo de forma fácil, sencilla, placentera y lúdica, no se entiende el amor nada más que como un juego, como un divertimento, como una experiencia más, del que se espera todo sin dar nada apenas.
El divorcio como fin del matrimonio
El divorcio y las rupturas de las parejas, casadas o no, son sólo una muestra más del fracaso de la sociedad en su conjunto, porque ésta la forman individuos incapaces de cualquier  sacrificio, esfuerzo, lealtad o fidelidad a una promesa hecha con ilusión y amor (lo que se debe suponer), si en ello no encuentra un beneficio inmediato, seguro y creciente.
El individualismo egoísta es el peor enemigo del amor y de la pareja y ni el divorcio express, ni las uniones de hecho sin papeles y sin compromiso, son una garantía de felicidad ni sirven para salir indemne de una ruptura, porque en ellas siempre se pierde algo indefinible y valioso que es la fe en uno mismo y en los demás, sobre todo si se ha puesto, con firma o sin ella, el propio corazón en el intento.
No es el  matrimonio o la pareja de hecho los que fracasan, ni hay que echarle siempre las culpas al otro, lo que suele fallar es la propia capacidad de amar, de aceptar las propias deficiencias y, por ello, las del otro, y falla la generosidad para la entrega en un proyecto común en el que siempre va a haber escollos, pero en el que nunca debiera faltar eso que parece representar la relación en sí misma  el amor, la confianza, la generosidad y la lealtad.