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jueves, 23 de enero de 2014

La doble soledad de los muertos



            Desde hace tiempo cuando asisto a un entierro, aunque más bien habría que decir que a una cremación por lo solicitada que está esta opción, tengo la extraña sensación de que en vez de  estar en un solemne acto de despedida a un fallecido que realiza ya su último viaje sin retorno,  asisto a un simple acto burocrático que tienen todas las connotaciones de frialdad, asepsia, falta de emotividad y naturaleza de puro trámite.
            Los asistentes al tanatorio sólo pueden ver durante unos minutos al fallecido -si es que llegan pronto y aún no han retirado el cadáver para llevarlo hasta el horno crematorio-, y siempre detrás de un cristal, con la sensación de lejanía que esa circunstancia provoca, mientras los demás asistentes al acto se alejan de la pequeña sala donde está expuesto el  cadáver y se van al exterior con el pretexto de fumar un cigarrillo, tomar el fresco o estirar las piernas por los largos corredores que existen en los distintos tanatorios que ofrecen siempre la entrada de un hotel de  lujo por sus instalaciones en las que no falta el abundante espacio y los diversos salones decorados con la impersonalidad de todo establecimiento público, donde pueden estar los acompañantes de quien ya está más allá de la frontera que separa la vida de la muerte.
            La muerte, fenómeno natural que es el contrapunto de la vida  que se extiende como un arco entre el nacimiento y la muerte, siempre fue tratado en las diferentes culturas y épocas con el carácter de sagrado que tiene siempre los misterios que nos atañen a los humanos, porque no hay mayor misterio que ese extraño fenómeno que siempre representa la muerte tan temida y tan esperada por su inevitable devenir.
            Sin embargo, en esta sociedad actual, la muerte ha perdido su sacralidad para convertirse en algo molesto, oscuro, funesto y rechazable que hay que tratar con total frialdad y desapego, como un trámite necesario pero desagradable que sólo se puede agilizar tratando de hacer realidad el dicho de la necesidad de "quitarse el muerto de encima" que en este caso no puede ser más cierto, pero procurando hacerlo  con la mayor celeridad y asepsia posibles, como si el hecho de tener al muerto cerca, próximo, recordara a todos los que le rodean la propia naturaleza de mortal y, por ello, su presencia se hace insoportable.
            El hecho de la rapidez con la que se produce actualmente la cremación, especialmente, hace que ese acto antes solemne  de despedida al muerto, pésame y compañía a los deudos del fallecido, se convierta en algo desprovisto  de ese calor humano que siempre ha existido en los entierros, en los que se rezaba por el muerto y se consolaba a sus familiares con la compañía que confortaba a los deudos desconsolados y también se acompañaba al cadáver con rezos y plegarias durante  largos velatorios, con los que querían acompañarlo para que su entrada en el más allá fuera lo más benéfico posible para el eterno descanso de su alma  -en el supuesto de los creyentes y en el de los descreídos, la compañía de los asistentes durante las 24 horas preceptivas antes de enterrar al fallecido, servía de consuelo  para los familiares del muerto, antes y durante el entierro, aunque no hubiera rezos.
            Ahora, cuando asisto a un entierro, o  sobre todo una cremación, siento que estoy en un acto social sin ninguna emoción, fría, indiferente, por la frialdad del lugar como es todo tanatorio, la posibilidad de alejarse de la capilla ardiente del finado con cualquier excusa, el reclamo de la cafetería que incita a los asistentes a ir a tomar un café o una copa, por lo que hay un ir y venir continuo de los asistentes, en un trasiego que impide que se cree el clima de duelo y emoción natural y acorde con la situación dramática que es toda muerte
            Todo esto hace que los "entierros", para seguir llamándolos de dicha manera tradicional, sea una ceremonia desbaratada, fría, ausente de toda emoción, de todo calor humano, en la que la expresión de las emociones, de los llantos, de la tristeza natural en estos casos, parece que está vedada, prohibida y tácitamente descartada por los propios asistentes, porque parece que no existe en todos más que el deseo de terminar cuanto antes, y sin mayores manifestaciones de dolor,  con  tan fastidioso  trámite del entierro, el que ha pasado de ser un acto solemne y sagrado a convertirse en un acto fastidioso, gris,  anodino y aséptico.
            Decía el poeta romántico Bécquer "Qué solos se quedan los muertos" y habría que añadir que especialmente ahora, cuando son despedidos sin rezos, sin lágrimas, sin emoción, por las prisas por abandonar la sala del tanatorio porque está esperando otra comitiva fúnebre para despedir a su muerto, por la vaciedad de esta sociedad hedonista en la que todo lo que es vida, juventud, placer, comodidad y egoísmo es aceptable y deseado, pero la muerte  y su proximidad se  conjura con la prisa por enterrar a los muertos que se quedan así doblemente solos, abandonados y olvidados, por no haber tenido una ceremonia de despedida en la que sus más allegados le hayan demostrado amor, afecto, nostalgia, pena  y llanto por su muerte, por su pérdida,.
            Ahora los muertos son despedidos  rápidamente, como si fueran  trastos inútiles, inertes, fastidiosos que recuerdan a todos con su presencia indeseada la evidencia de la mortalidad, la fugacidad de la vida y la inutilidad de todo esfuerzo del ser humano por olvidar que en la moneda que hay que dar al barquero Caronte, para que nos pase a la otra orilla, hay dos caras: vida y muerte, sin que se pueda borrar esta última que le da sentido, coherencia y valor a la propia vida.