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sábado, 23 de julio de 2016

El tiempo, la vida y la muerte

El tiempo, la vida y la muerte

por
 AnaAlejandre

La actualidad siempre incansable en una continúa vorágine de noticias, la mayor parte son horribles en su significado por la realidad cruel que muestran: accidentes, terremotos, naufragios, asesinatos, guerras declaradas o subrepticias, masacres, y una larga lista de horrores que se perpetúan en la memoria de los hombres y en las retinas de quienes asisten, asistimos, atónitos, horrorizados, impotentes al espectáculo que propician los medios de comunicación, desesperanzados de que el mundo llegue a ser, alguna vez, ese lugar, si no paradisíaco, al menos habitable.

Para ello sería necesario pero impensable no tener que desayunar, día tras día, con el repertorio incesante de sufrimiento y muerte, en una escalada que parece no tener límite alguno, como si el mundo estuviera sostenido por las insaciables y terroríficas fauces de un demiurgo atroz que necesitara devorar diariamente miles de vidas humanas en un perpetuo, renovado y pavoroso sacrificio que no saciara nunca su hambre y sed de sangre humana.

A gran escala, la sociedad humana es como un espantoso campo de concentración en el que se perpetraran impunemente la masacre cotidiana de miles, de decenas y centenares de miles de seres inocentes, a través de múltiples recursos y variaciones: accidentes, asesinatos, suicidios, guerras, hambrunas, enfermedades sin solución posible ofrecida por la ciencia, o inaccesible para el bolsillo paupérrimo de quienes las padecen. No existe una mente criminal que gobierne esta sangría humana, son muchas, en ocasiones, y ninguna, en otras, causadas por la fuerza devastadora de la Naturaleza, harta de verse continuamente constreñida en sus propias leyes lo que le hace rebelarse ante la tiranía de los hombres, ofreciéndole continuas demostraciones de su inmenso e incontenible potencial devastador en forma de erupciones volcánicas, terremotos, sutnamis, ciclones, inundaciones, sequías y un largo etcétera que convierten a ciertas latitudes de la tierra en continuos escenarios de horror y muerte.

Aunque, para que suceda todo esto, es necesario un elemento principal sin el que la vida no sería posible: el tiempo. Éste sigue en su inmutable discurrir, trayendo una tras otras las estaciones del año, renovando el calendario en un interminable cambio de días, meses y años, y la imposibilidad de parar su indiferente marcha, lo convierte en un enemigo más, pero el más implacable de todos, de los muchos que el ser humano y todos los demás seres vivos tienen que sortear. Y todo ello poque el tiempo, en su incansable e imparable marcha, es la máquina más perfecta que existe para acabar con la vida, las esperanzas del ser humano y sus vanas ilusiones. 

El poeta latino Marcial decía que” la mentira nunca muere de vieja”, aludiendo a que el propio tiempo es el mayor revelador de la verdad a la que trata de enmascarar la mentira. También Eurípides afirmaba que “el tiempo no se encarga de realizar nuestras esperanzas, hace su obra y levanta el vuelo”.

El tiempo no es solo el asesino de la vida, que transcurre a través de él como el agua de un río por su cauce hasta que éste se agota, sino que también mata las ilusiones, la felicidad que un día pasó por nuestras vidas, la juventud, la salud y la inocencia.

Muchas veces, el tiempo ha sido también el salvoconducto para quienes decidieron, un día, retrasar un viaje y no tomar un determinado avión que después se estrelló, matando a todos sus ocupantes. O el de declinó pasar por un determinado lugar a la hora en la que lo hacía habitualmente y se salvó, por esa decisión de interrumpir una acción cotidiana, de que le aplastara un muro o cualquier elemento arquitectónico que se desploma desde su ubicación, aplastando todo lo que coge debajo. Pero también las propias víctimas de tales sucesos murieron porque estaban en el sitio y a la hora en el que el destino tenía marcado su encuentro con el suceso fatal.

El tiempo puede ser aliado o enemigo, de forma ciega, debido al azar o a algo que está por encima de todos y es incomprensible para la mente humana. Ante el desfile cotidiano de horror y muerte, es fácil preguntarse por qué unos seres mueren, por estar allí de forma casual o habitual, y otros se salvan porque se han ido, o aún estando en el mismo lugar de la catástrofe, del asesino o del escenario de guerra se salvan misteriosamente. ¿Por qué para unos ha llegado la hora de morir y otros se salvan por una decisión de no ir,  marcharse o permanecer en un determinado lugar y a una determinada hora? ¿Quién maneja los hilos sutiles del destino de los hombres? Para uno será Dios, para otros el azar y para muchos será el propio destino singular de cada ser humano.

Es curioso, sin embargo, que en todas esas posibilidades, siempre el factor tiempo juega un papel esencial, como si repartiera las cartas de un macabro juego en el que se juega, como premio o castigo, la propia vida.