Mundo virtual

Loading...

Traductor

Buscar en este blog

Sígueme

twitter facebook linkedin googleplus youtube pinterest

jueves, 31 de agosto de 2017

El maquiavelismo                                                                       
nICOLÁS mAQUIAVELO

En  los días que corren, especialmente en todo lo relacionado con el mundo de la política, se utiliza mucho el término maquiavelismo como sinónimo de astucia, doblez, hipocresía y malas artes, argucias utilizadas por los políticos para combatir a sus adversarios y para justificar los desmanes, abusos y trapacerías que cometen y que saltan continuamente a los medios de comunicación.

Dicho término alude a Nicolás Maquiavelo (1469-1527), historiador y filósofo político italiano, cuyas obras sobre habilidad política, amorales pero  sumamente influyentes no sólo en su época sino en siglos posteriores, lo convirtieron en un paradigma de astucia, habilidad, doblez moral y duplicidad.

Está considerado como uno de los más importantes pensadores políticos del Renacimiento. Su obra más célebre, El Príncipe, describe las  estratagemas y los métodos inmorales empleados por los gobernantes para llegar y  mantenerse en el ejercicio del poder.

¿Quién fue Nicolás Maquiavelo?
Nació en Florencia, el de mayo de 1469. Comenzó a trabajar como funcionario y cuando se proclamó la República en Florencia, en 1498, comenzó su carrera diplomática. Fue secretario de la segunda cancillería de Asuntos Exteriores y Guerra de la República florentina.

Comenzó a desempeñar importantes misiones diplomáticas ante el Monarca francés ((1504, 1510-1511), la Santa Sede (1506) y el emperador (1507-1508).

A lo largo del ejercicio de sus misiones diplomáticas dentro de Italia, conoció a muchos gobernantes italianos y pudo llevar a cabo minuciosos estudios sobre las tácticas políticas, especialmente la del eclesiástico y militar César Borgia, quien por entonces intentaba extender sus dominios en Italia central.

En el período entre 1503 a 1506, Maquiavelo intentó organizar las defensas militares de Florencia, reclutando  tropas del lugar para asegurarse así una defensa patriótica y permanente, obviando a los ejércitos de mercenarios que eran muy habituales en aquel tiempo, pero que no le ofrecían demasiadas garantías.

La familia florentina de los Medici, recuperó el poder en Florencia y, por ende, la República cayó. Por ese motivo, Maquiavelo fue encarcelado durante un cierto tiempo y, por tanto, privado de su cargo, acusado de conspiración. Al ser liberado, se retiró a sus propiedades próximas a Florencia, en cuya estancia escribió sus obras más importantes. Aunque intentó denodadamente ganarse el favor y la confianza de los Medici, nunca volvió a ostentar ningún cargo importante en el gobierno.

Más tarde, en 1527, cuando la República volvió a ser declarada, muchos republicanos no confiaron en Maquiavelo por sus intentos de acercamiento a los Medici en el pasado, por lo que siguió viviendo en un cierto ostracismo.

La teoría política de este autor sobre los principios históricos inherentes en el gobierno romano se muestran claramente en su obra Discurso sobra la primera década de Tito Livio (1531), un comentario sobre la obra Ab urbe condita libri (también conocida como Décadas) del historiador romano Tito Livio. En esta obra, Maquiavelo parte de los conceptos teocráticos medievales de la historia, atribuyendo hechos históricos a las necesidades inherentes a la naturaleza humana y al propio azar o buena fortuna.

Otras obras importantes de este autor son: Sobre el arte de la guerra (1521), que  versa sobre las ventajas de las tropas reclutadas frente a las mercenarias; La Historias florentinas (1525), analiza las crónicas de la ciudad, desde la perspectiva de la causalidad histórica. Otro título a destacar es la biografía Vida de Castruccio Castracani (1520). También es autor de una serie de poemas, y de varias obras de teatro, entre las que destaca La mandrágora (1524),  en forma de sátira  ácida y obscena sobre la corrupción de la sociedad italiana de su época

Una nota a resaltar en la obra de este autor es que en muchos de sus escritos vaticinó el aumento de los estados  de acusado carácter nacionalista, como la actualidad refleja en muchos países, entre los que se cuenta España.

El maquiavelismo, como término, se ha usado para describir los principios del poder políticos, que se pueden resumir en la máxima: “El fin justifica los medios”.

El príncipe, obra celebre de Maquiavelo responde al ideario de este pensador que a lo largo de su vida política intentó crear un Estado que fuera capaz por sí solo para defenderse de posibles ataques extranjeros y consolidar su soberanía.

Ese concepto inspiró sus escritos políticos y en ello desarrolla, los principios en los que se sustenta su idea de un Estado fuerte y los medios que son necesarios para conseguirlo.

Por ese motivo, escribió El Príncipe  en 1513, aunque se publicó en 1532. En dicha obra describe la forma en que un gobernante puede adquirir y mantener el poder político. Esta obra, por tanto, está considerada una defensa del despotismo y la tiranía política que ejercieron gobernantes como César Borgia, que personifica los argumentos de Maquiavelo cuando afirma que un gobernante no debe estar sujeto a las normas éticas. Por ese motivo, defiende la idea de que el  dirigente debería tener como prioridad solamente alcanzar y mantener el poder y, por ello, sólo debería rodearse de quienes le garantizasen sus fines en su ejercicio del poder. Para ese autor, dichos gobernantes, tanto de su tiempo como de épocas anteriores, podían ser descubiertos por sus actuaciones políticas, por aquel aforismo que dice “por sus obras los conoceréis”.

Se expone a continuación el capítulo XV de la obra El Príncipe que ilustra bien el ideario político de Maquiavelo, basado en la astucia, la hipocresía y la búsqueda de satisfacer el interés propio por encima de cualquier otra consideración.





“El Príncipe”, de Nicolás Maquiavelo

El Príncipe”, de Nicolás Maquiavelo                                                     
Portada de "El Príncipe2, de Nicolás Maquiavelo (1532)
Capítulo XV

De las cosas por las que los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados

Nos resta ahora ver cómo debe conducirse un príncipe con sus gobernados y amigos. Muchos escribieron ya sobre esta materia; y al tratarla yo mismo después de ellos, no incurriré en el cargo de presunción, supuesto que no hablaré más que con arreglo a lo que sobre esto dijeron ellos. Siendo mi fin escribir una cosa útil para quien la comprende, he tenido por más conducente seguir la verdad real de la materia que los desvaríos de la imaginación en lo relativo a ella; porque muchos imaginaron repúblicas y principados que no se vieron ni existieron nunca. Hay tanta distancia entre saber cómo viven los hombres y saber cómo deberían vivir ellos, que el que, para gobernarlos, abandona el estudio de lo que se hace, para estudiar lo que sería más conveniente hacerse aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella; supuesto que un príncipe que en todo quiere hacer profesión de ser bueno, cuando en el hecho está rodeado de gentes que no lo son, no puede menos de caminar hacia su ruina. Es, pues, necesario que un príncipe que desea mantenerse, aprenda a poder no ser bueno, y a servirse o no servirse de esta facultad, según que las circunstancias lo exijan. Dejando, pues, a un lado las cosas imaginarias de las que son verdaderas, digo que cuantos hombres hacen hablar de sí, y especialmente los príncipes, porque están colocados en mayor altura que los demás, se distinguen con alguna de aquellas prendas patentes, de las que más atraen la censura y otras la alabanza. El uno es mirado como liberal, el otro como miserable en lo que me sirve de una expresión toscana en vez de emplear la palabra avaro; porque en nuestra lengua un avaro es también el que tira a enriquecerse con rapiñas, y llamamos miserable a aquel únicamente que se abstiene de hacer uso de lo que él posee. Y para continuar mi enumeración añado: éste pasa por dar con gusto, aquel por ser rapaz; el uno se reputa como cruel, el otro tiene la fama de ser compasivo; éste pasa por carecer de fe, aquél por ser fiel en sus promesas; el uno por afeminado y pusilánime, el otro por valeroso y feroz; tal por humano, cuál por soberbio; uno por lascivo, otro por casto; éste por franco, aquél por artificioso; el uno por duro, el otro por dulce y flexible; éste por grave, aquél por ligero; uno por religioso, otro por incrédulo, etc. . No habría cosa más loable que un príncipe que estuviera dotado de cuantas buenas prendas he entremezclado con las malas que les son opuestas; cada uno convendrá en ello, lo sé. Pero como uno no puede tenerlas todas, y ni aun ponerlas perfectamente en práctica, porque la condición humana no lo permite, es necesario que el príncipe sea bastante prudente para evitar la infamia de los vicios que le harían perder su principado; y aun para preservarse, si lo puede, de los que no se lo harían perder. Si, no obstante esto, no se abstuviera de los últimos, estaría obligado a menos reserva abandonándose a ellos. Pero no tema incurrir en la infamia ajena a ciertos vicios si no puede fácilmente sin ellos conservar su Estado; porque si se pesa bien todo, hay una cierta cosa que parecerá ser una virtud, por ejemplo, la bondad, clemencia, y que si la observas, formará tu ruina, mientras que otra cierta cosa que parecerá un vicio formará tu seguridad y bienestar si la practicas.
------
El Príncipe, Nicolás Maquiavelo, Espasa Calpe, (págs.. 33-34)