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martes, 7 de julio de 2015

La vida y la inmortalidad


            Si el hecho de vivir tiene un espacio temporal que forma un arco imaginario que comienza en el punto de partida que es todo nacimiento y finaliza en el punto final que es el que escribe la muerte, la distancia entre ambos puntos siempre es lo que llamamos la vida de cada individuo que es traspasado por esa flecha misteriosa que es el tiempo que siempre va en la misma dirección que nunca cambia y que le lleva hacia lo que llamamos futuro, en el que el final ya está marcado por una línea invisible de inevitable traspaso que es la muerte.
            Ese arco vital se va dilatando en su duración década a década, en cuanto a la expectativa de vida de los habitantes del primer mundo, gracias a una mejor alimentación, mejores condiciones de vida, mayor salubridad y condiciones laborales más exigentes, lo que permite que esa dilatación, paulatina pero permanente, del plazo temporal que es toda vida, se vaya alargando, permitiéndonos así soñar a los humanos que, aunque la inmortalidad no existe, pues todo ser vivo es mortal necesariamente, esa utopía inalcanzable en la realidad está un poco más cercana en los futuros logros de la Humanidad, aunque sea en un plazo de tiempo que, por lejano, puede parecer infinito, pero, a pesar de ello, más viable y posible.
            No todo el mundo desearía alcanzar  ese sueño de la inmortalidad, pero hay muchas personas que  dicen que desearían conseguir ese estado en el que el tiempo pasara, pero sin llevarse consigo a quienes, desde el momento de su nacimiento, están ya de camino imparable hacia la muerte. Por ello, si se pudiera parar esa marcha constante y cada vez más veloz hacia la muerte, según se van cumpliendo años, hacia ese punto final de toda vida, supondría para muchas personas con ansias de inmortalidad el triunfo sobre la muerte, esa sombra tenebrosa que sabemos está esperando a cada individuo en la meta final en la que finaliza toda carrera vital a la que siempre se llega, antes o después, de forma voluntaria o involuntaria, porque hacia ese fin inevitable el nacimiento da el pistoletazo de salida al que nadie puede ignorar.
            También para la religión cristiana, la inmortalidad sólo existe desde  su visión de que el ser humano está compuesto de cuerpo y alma y la muerte sólo atañe a éste, pero el alma sobrevive. El ser humano sólo alcanzará la inmortalidad cuando el alma vuelva a unirse con el cuerpo cuando se produzca la resurrección de los muertos. Así alcanzará la vida eterna como Persona, es decir como la unión del alma y el cuerpo glorioso, ya sea en el Cielo de los bienaventurados o en el Infierno de los condenados, dependiendo de su comportamiento en su vida terrenal.
         El tema de la inmortalidad  también ha preocupado a la filosofía. Uno de los autores de la antigüedad que más ha tratado sobre la inmortalidad fue Platón, quien en Diálogos expone varios argumentos, de los que más notoriedad han tenido han sido los que presenta en la República, en Fedón y en Fedro. En contra de lo  expuesto por Platón, Epicuro y su discípulo romano Lucrecio sostienen que el alma también, al igual que el cuerpo, es mortal y corruptible.  
            Santo Tomás de Aquino,  el mayor representante del pensamiento escolástico, afirma que el alma es inmortal y a la muerte física se separa del cuerpo, aunque su fin no es ese, sino volver a ser uno con el cuerpo resucitado para volver a ser persona.
            Esta idea escolástica fue también mantenida con diferentes matices por el filósofo materialista Ludwig Feuerbachen su obra Pensamientos sobre la muerte y la inmortalidad (1830).
            Por su parte, la ciencia también se ocupa de este inquietante tema aunque no desde lado de la especulación filosófica o religiosa, sino estudiando los diferentes mecanismos que provocan el envejecimiento y los factores que podrían influir en el alargamiento de la vida. Existe, por lo tanto, la confianza de los científicos en que en un futuro impredecible se pueda lograr ese sueño de la Humanidad que es la inmortalidad. Para ello es posible que, en un momento dado, el uso de microprocesadores cuánticos pueda permitir que se transfieran las ideas y emociones desde el cerebro humano a estos microprocesadores para, después, descargarlos en cuerpos que sean indestructibles.
            Es paradójico además que las expectativas de vida sean cada vez mayores y, sin embargo, la sensación de que el tiempo corre cada vez más deprisa, más velozmente, por el ritmo frenético que impone la sociedad actual, tecnológica y cibernética, por lo que la vida parece un elástico que en vez de alargarse se va encogiendo en cuanto a la percepción que tenemos del tiempo que es la dimensión que mide la duración de la propia existencia.
            La inmortalidad a la que aspiran muchos seres humanos -aunque sería una pesadilla que horrorizaría a otros muchos-, quizás sólo sea una aspiración que provoca el miedo a la muerte, a la propia desaparición física y, para muchos, la única forma de existencia siempre está ligada al cuerpo, sin otras posibilidades ultra terrenas que escapan a su comprensión.
            Si en un futuro improbable existiera la posibilidad de seguir viviendo en cuerpos indestructibles a los que se les haya transmitido, con el uso de esos hipotéticos microprocesadores cuánticos, las ideas, sentimientos y emociones del ser que iba a fallecer para seguir conservando el "yo" que forman el conjunto de aquéllos, sería una forma de sobrevivir en el que el  sustrato físico, o cuerpo renovado y ya indestructible, se convertiría en la verdadera cárcel de ese "yo" al que se querría preservar y darle la inmortalidad, lo que sería con toda seguridad condenarlo a un verdadero infierno del que ya no podría escapar.
            Quizás sea la mortalidad el mejor regalo que da la vida para salir de la realidad a la que se nace sin que hayamos decidido ni dónde, cuándo, cómo ni con quién; cárcel para muchos desde el nacimiento  o, para otros, desde el momento en el que la vida se convierte en una terrible pesadilla de la que la muerte es la única y posible solución, puerta bienhechora  que la inmortalidad negaría per se como un atroz demiurgo, terrible y feroz que, al conceder su preciado don, lo convertiría en una espantosa trampa sin salida, salvación ni  posible redención.
            Es por ello preferible que la inmortalidad siga siendo una utopía sin realidad posible, y que el ser humano siga siendo finito y mortal para no vivir el infierno eterno en vida que supondría al carecer ésta de fin y, por ello, la vida carecería de todo sentido, valor y significado ajeno al hecho mismo de existir. Y, sobre todo, carecería de toda posible salida cuando se hiciera insufrible para el condenado a vivir la eternidad de todo ser inmortal, quien quedaría obligado a existir contra su propia voluntad para siempre.
            No habría mayor infierno ni peor condena posible e imaginable que la inmortalidad, mito que debe quedarse en un mero sueño de la Humanidad, para que no se hiciera siniestra realidad la frase de Goya que afirmaba que "la razón crea monstruos".
        
           

                

domingo, 12 de abril de 2015

El hedonismo y la solidaridad



             
            La palabra hedonismo proviene del vocablo griego, hēdonē, (placer), y en la filosofía occidental se utiliza para llamar así a la doctrina filosófica según la cual el placer es el principal bien, o único, de la vida, y su búsqueda es el fin al que se encamina la conducta humana.
            Hubo dos corrientes hedonistas en la antigua Grecia. La primera representada por los cirenaicos, seguidores de Aristipo de Cirene, o hedonismo egoísta, que defendían que el fin supremo de la existencia era la satisfacción de los deseos personales, con olvido de las necesidades de otras personas.
         El conocimiento para los cirenaicos está basado en las fugaces sensaciones del momento, por lo que es imposible establecer un sistema de valores morales porque la conveniencia de los placeres presentes se contrapone al posible dolor que puedan causar en el futuro.
            La segunda corriente, o hedonismo racional, también llamado epicureísmo, por estar basada en las enseñanzas del filósofo griego Epicuro (341 a.C.-270 a.C.), nacido en la isla de Samos, cuyos seguidores son llamados hedonistas racionales. Dicha doctrina afirma que el verdadero placer sólo se puede alcanzar por la razón. Por ello, daban una excepcional importancia a las virtudes del dominio de sí mismo y de la prudencia.
        Esta doctrina es la más conocida, pero es también la que más controversia ha generado entre los propios estudiosos del epicureísmo en cuanto a que el placer sea el fin supremo y la meta existencial. Según la enseñanza de Epicuro, la verdadera felicidad reside en la serenidad que proviene del dominio del miedo, es decir, de los dioses, de la muerte y del futuro y sus incógnitas. El fin de toda la especulación epicúrea sobre la naturaleza siempre se encamina a la supresión de esos temores.
            Las virtudes morales y principales sobre las que gira la ética del epicureísmo son las justicia, la honestidad y la prudencia, que viene a ser el equilibrio entre el placer y el sufrimiento. Por ello, Epicuro afirmaba que era preferible la amistad al amor, ya que el amor causa más intranquilidad que aquella. También el dominio de sí mimo, la moderación y el desapego son las vías por las que se puede alcanzar la tranquilidad de espíritu que es la base de la felicidad verdadera. Creía en la libertad de la voluntad a pesar del materialismo que subyace en su doctrina, por lo que  en su física afirmaba que los átomos son libres y se mueven en algunos momentos con total libertad, afirmación que le aproxima al principio de incertidumbre de la mecánica cuántica.
           La doctrina de Epicuro fue establecida con firmeza, lo que le supuso la total adhesión de sus seguidores, lo que no ocurrió con el estoicismo que fue la doctrina filosófica rival por excelencia suya, lo que le ha permitido permanecer intacta como tal doctrina y permanecer en el tiempo, aunque cayó en descrédito por la confusión -que aún no ha sido superada- entre los principios del epicureísmo y los que proclamaban los cirenaicos  que fundamentaban  el hedonismo sensual, proclamados antes que la doctrina del epicureísmo.
            Han existido ilustres seguidores del epicureísmo entre los que se pueden citar al  griego y gramático Apolodoro, el poeta Horacio entre los romanos, además del poeta Lucrecio y el estadista Plinio el Joven. La obra De rerum natura (De la naturaleza de las cosas) de Lucrecio es la obra de referencia que permite conocer al epicureísmo. Esta doctrina desapareció como tal escuela filosófica en los albores del siglo IV a.C.. Posteriormente, en el siglo XVII, tuvo un gran resurgimiento por la labor del filósofo francés Pierre Gassendi, convirtiéndose así en una doctrina que desde entonces ha tenido una gran aceptación por innumerables seguidores. Se le considera una  doctrina filosófica y ética más influyente en el pensamiento de todas las épocas.
.           Estas dos corrientes han permanecido inalterables hasta la actualidad, en sus líneas fundamentales. Los filósofos británicos Jeremy Bentham, James Mill y John Stuart Mill, en los siglos XVIII y XIX, propugnaron el hedonismo universal, conocido como utilitarismo. Esta teoría defiende que el fin de toda conducta humana es el bien social y  el principio que guía la conducta moral del individuo es la lealtad a todo aquello que favorece el bienestar de la colectividad, lo fomenta y lo ampara.
            A su vez, se dice continuamente que esta sociedad ha perdido todos los valores y está inmersa en un hedonismo light, es decir, la búsqueda constante del placer pero carente de los fundamentos filosóficos que sustentaban dicha doctrina filosófica de la antigua Grecia.
            La sociedad occidental, ha ido consiguiendo cotas muy altas en el aspecto material y en el bienestar individual, mientras que cada vez el trabajador tiene más tiempo libre para el ocio, lo que le hace ser un buscador constante de nuevas experiencias sensoriales -viajes, prácticas deportivas, espectáculos, etc.,, cuando no a buscar paraísos artificiales en las adicciones de todo tipo: alcohol, tabaco, drogas, ludopatía, etc., lo que hace  caer a muchos en las adicciones y sus terribles secuelas, poniendo en evidencia involuntariamente la verdad que subyace en lo que predicaba Epicuro sobre la prudencia y el dominio de sí mismo. como vía para alcanzar la felicidad.
          También, el ciudadano normalmente se preocupa por la solidaridad colectiva, aunque esta dualidad hedonismo-altruísmo parezca insalvable y contradictoria, haciendo así evidente su hedonismo utilitarista, en la medida en que se interesa por el bienestar de la sociedad. El individuo está cada vez mas solo y aislado especialmente en las grandes urbes, y su propia sensación de aislamiento dentro de la multitud le lleva a buscar e interesarse por lo colectivo, para sentir que forma parte de un grupo, sea nación, región o ciudad, cuando no de la propia Humanidad. Por eso, se interesa por los problemas de la propia sociedad en su conjunto de la que forma parte, pero sin perder por ello la propias e irrenunciables individualidad  e independencia a las que defiende de injerencias extrañas, porque en ellas se  siente libre, al mismo tiempo que solo, para poder vivir como le place y sin tener que dar explicaciones a nadie que no sean los más allegados, en el caso de que los hubiere.
            Esta búsqueda del propio bienestar o placer es lo que le lleva a ser un ciudadano que se encierra en su propia casa, sin apenas contactos con los vecinos, a los que por cercanos los considera más peligrosos para su propia intimidad, y resguarda su intimidad de miradas ajenas, salvaguardando así su propio bienestar, su comodidad, aunque para ello tenga que olvidarse de quienes puedan estar inmersos en graves problemas como son los más próximos en su cercanía: vecinos, compañeros de trabajo o estudio, conocidos, etc., con los que mantiene un contacto superficial, pero completamente indiferente hacia los problemas o necesidades que no le atañen directamente.            La solidaridad que siente hacia el prójimo más desfavorecido prefiere ejercerla siempre de forma indirecta a través de organizaciones filantrópicas, o oenegés, a las que ayuda económicamente en la medida de sus posibilidades; o bien, a través de donaciones de todo tipo: sangre, órganos, alimentos, ropa, libros, medicamentos y un largo etcétera. Son muy pocos quienes intentan ayudar en contacto, cara a cara, con los beneficiarios directos de dicha ayuda, como hacen los diverso voluntarios que colaboran de forma directa y personal con las diversas entidades que realizan dichas actividades solidarias como son Caritas, Cruz Roja, Médicos sin Frontera, etc. 
            Es en ese anonimato de las donaciones de todo tipo antes reseñadas, el que permite al ciudadano de hoy ayudar a quien lo necesita, pero sin ver el rostro doliente de quienes necesitan la solidaridad ajena, porque ese contacto directo con el sufrimiento, con el dolor, es el que intenta el ciudadano de hoy -hedonista, sin saberlo-, evitar a toda costa, en esa constante huida de todo lo que resulte poco placentero, lo que le convierte en seguidor involuntario de la máxima de Epicuro: " La felicidad es la ausencia de dolor". La visión del sufrimiento le afectaría en su búsqueda de placer, en el disfrute de su bienestar conseguido, por el que se siente seguro entre las cuatro paredes de su casa     -búnker improvisado para refugiarse del dolor ajeno, del sufrimiento y de la muerte-, de ahí que la ayuda la dé, pero siempre lejos del necesitado, de la víctima del infortunio, cuya visión le haría reconocer en ella su propia fragilidad, vulnerabilidad e indefensión que desestabilizaría su propia sensación de ficticia seguridad que es su mejor defensa contra el dolor.
            Es por esto, que el hedonismo actual, intrínseco en la sociedad, es una mezcla del hedonismo sensual de los cirenaicos -en cuanto a la búsqueda del placer sensual, o a través de los sentidos, tan arraigada en esta sociedad lúdica-, del  epicureísmo en cuanto que la felicidad está basado en la ausencia del dolor y de ahí el deseo de evitar todo lo que signifique sufrimiento o muerte; y, por último, del utilitarismo que busca el  bienestar social, por lo que el individuo, sin renunciar a su propio bienestar y al propio disfrute del placer, intenta colaborar, en la medida de sus posibilidades, con el  bienestar social y  la ayuda a los más necesitados, aunque en la mayoría de las ocasiones, lo haga de forma indirecta, impersonal, a través de las diversas organizaciones solidarias. Eso le supone menos molestias, esfuerzos y tiempo que hacerlo de forma personal y directa; pero sobre todo le evita la visión del sufrimiento en todas sus manifestaciones, porque la visión de la fragilidad humana y de la muerte - ver el artículo " La soledad de los muertos" de este mismo blog-, sería una merma a su búsqueda de placer, de bienestar y de alejamiento de todo dolor que le sea ajeno aunque próximo y cuya cercanía afectaría a su confort y bienestar propios.
            De ahí que la vejez y sus muchas secuelas sea actualmente recluida en las residencias; con cien mil excusas, para no recordarle a los más jóvenes que ése es su futuro; las enfermos incurables también son aislados, separados de su entorno siempre con una buena excusa -en el caso de que la economía familiar lo permita o el seguro médico-, para ingresar al enfermo en centros sanitarios y alejar así al doliente de la vista de los sanos; cuando no son los incapacitados físicos y psíquicos quienes corren igual suerte en la mayoría de los casos.
           Esta sociedad materialista -el materialismo es la base de todo hedonismo-, utilitarista, descreída y egoísta, sabe que la mejor forma de acallar la conciencia es ser solidario en apariencia o forma, pero  siempre que los beneficiarios de su ayuda estén lo más lejos posible y permanezcan invisibles en su propia desgracia. Es más fácil ayudar a los hambrientos del tercer mundo que a los que están cerca en el propio barrio, calle o edificio, porque a los primeros no se les identifica con un rostro y un nombre. La ayuda así, de forma impersonal y aséptica,  la puede dar cualquiera y requiere poco tiempo y esfuerzo cuando se hace de forma indirecta; pero la empatía ante el sufrimiento ajeno es más difícil y se requiere una conciencia más sensible, más despierta y compasiva que muy pocos tienen.
            La visión del dolor  cercano hiere, y el sufrimiento lejano, por invisible, es una mera cifra estadística que no hace mella en la conciencia de los bien instalados que se sienten a salvo del infortunio; mientras que  otros, la mayoría, temen que en un futuro improbable puedan ser ellos mismos quienes sean protagonistas de esas mismas estadísticas que ahora son simples números sin nombres ni rostros, esos mismos rostros que hay que evitar ver a toda costa porque en ellos se puede intuir la visión fatal de un sueño premonitorio  aún por cumplir.