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sábado, 22 de diciembre de 2012

La sociedad de hoy


por Ana Alejandre                                                                                                             
            En el pasado mes de octubre de este año, salió publicada una esquela en el diario ABC -se  ha dicho siempre irónicamente que uno no se moría si no salía su esquela en dicho periódico-, que sobrecoge por su contenido, porque no sólo es la mera nota de la defunción de una persona, sino el dolorido y amargo mensaje que envía a algunos de sus propios familiares y que se reproduce a continuación, pero omitiendo los nombre de la  difunta y de sus allegados, aunque aparecieron publicados en la esquela pagada a tal efecto, por un mínimo respeto a las personas que no deben ser juzgadas públicamente, sino en el íntimo espacio de sus propias conciencias (quién esté interesado en conocer la identidad de dicha señora y los aludidos en dicha esquela puede consultar las hemerotecas, pero esos son datos que no aportan nada al hecho en sí).
            La esquela decía textualmente:
             "Ilustrisima señora XXXXX XXXXXX XXXXXXXX, nacida en Badajoz, el 1 de agosto de 1934, hija de XXXXXXXX XXXXXXX y XXXXXXX XXXXXX, viuda del coronel D. XXXXXXX  XXXXXXXXX XXXXXXXX, falleció en Madrid el día 2 de septiembre de 2012, a los setenta y ocho años de edad, habiendo recibido los Santos Sacramentos. Descanse en paz.
            Quiso en sus últimos momentos de vida dejar encargada la publicación de esta esquela para manifestar su perdón a los familiares la que abandonaron cuando más les necesitó, sus hermanos XXXX XXXXXXXXX XXXXXXXX y XXXXXX  XXXXXXXX XXXXXXXXXX y su hija XXXXXXX XXXXXXXXX XXXXXXXX XXXXXXX por su absoluta falta de cariño y apoyo durante su larga y penosa enfermedad. El cuerpo fue sepultado cristianamente en el cementerio de XXXXXX de XXXXXX (Madrid). Su hijo y amigos ruegan una oración por su alma".
            Al leer esta esquela no hay forma de evitar el sobrecogimiento, pues en la misma se ve el  mudo grito de dolor de quien se siente abandonado por sus más allegados y el perdón público que les concede, aunque sin dejar por ello de publicar tal hecho y el nombre de quienes la abandonaron en una última y dolorida venganza, única posibilidad que le quedaba a quien iba a traspasar la delgada línea que separa la vida de la muerte y no quiere marcharse sin dejar constancia del abandono que más daño le ha hecho por provenir de quienes eran sus seres queridos.
            Esta noticia y otras similares que saltan continuamente a la luz pública a través de los medios de comunicación, nos pone por delante una verdad que queremos ignorar en esta sociedad  en la que el  dolor, la muerte, la enfermedad y la soledad quieren ser exorcizadas sólo con ignorarlas, no hablar de esas penosas e inevitables cuestiones, pues todos sabemos que somos igualmente vulnerables y frágiles, por lo que no queremos pensar, reparar en el dolor ajeno, incluso muchas veces de los más allegados, porque al hacerlo tendríamos que enfrentarnos que somos también jugadores de la misma partida que es la vida y puede salir nuestro número en la ruleta en cualquier momento.
            España siempre ha sido un país, como todos los de cultura mediterránea, apegados a la familia, en la que los miembros más ancianos convivían con hijos y nietos y los niños crecían al lado de sus padres, hermanos, abuelos,  tíos y primos, formando una comunidad familiar que se multiplicaba al ritmo de las sucesivas generaciones, sin que ninguna de ellas sobrara, fuera dada de lado como si de un trasto inútil se tratara. Esta situación ha cambiado mucho en las últimas décadas por el imparable efecto  del llamado progreso y bienestar económico que en vez de hacernos más solidarios, nos ha hecho a todos más egoístas. Las casas son cada vez más pequeñas, sobre todo en las grandes ciudades, y el espacio se ha convertido en un bien que vale mucho, demasiado dinero. Por ello, los matrimonios cada vez quieren tener menos hijos, porque no sólo cuesta muy cara su educación y mantenimiento, sino que "no hay espacio" para poder tener tantos hijos como se acostumbraba décadas atrás. Pero no sólo no hay espacio para tener varios hijos, sino que tampoco lo hay para poder recibir a los mayores, a los padres, ya abuelos, para que puedan convivir y morir en familia, porque también el tiempo escasea, ya que todo es igualmente escaso: el espacio para cohabitar y el tiempo para cuidar y dedicárselo a quienes más lo necesitan: niños y ancianos.
            Toda esta situación se ha visto agravada por la terrible  crisis económica que atravesamos en estos momentos y que no sólo ha bajado el nivel de vida de muchos millares, millones de familias, sino que también ha aumentado, paradógicamente, la falta de tiempo y espacio, además de los medios económicos para facilitar la convivencia familiar y el cuidado de quienes más lo precisan. La familia, pues, atraviesa una crisis sin precedente y las familias monoparentales aumentan con los divorcios y rupturas, por lo que la unidad familiar se reduce cada vez más a menos individuos, se nucleariza, y las relaciones entre los miembros de cada familia se ha convertido, en muchos casos, en un campo de batalla donde no sólo se debaten y discuten los problemas económicos, sino también las responsabilidades personales de cada miembro que siempre parecen superiores a las de los otros familiares y, por ello, inaceptables.
             Por este motivo, en casos como los de la señora que pidió que publicaran su esquela en tales términos, las diferencias se agudizan cuando existen enfermos terminales, minusválidos y personas que necesitan el cuidado constante, la compañía y el cariño que en esta época de crisis y de falta de valores morales y éticos pocos están dispuestos a dar, pensando que los otros miembros de la familia también tienen la misma obligación. Así,  el enfermo, el anciano o el  impedido se encuentra muchas veces en un campo sembrado de minas en forma de reproches, agravios comparativos y abandono, y pasa del hogar de un hijo al del otro, sintiéndose que estorba en todos y no es bien recibido en ninguno, porque los lazos de cariño familiar suelen ser demasiado débiles cuando las obligaciones aumentan  y la generosidad disminuye al mismo ritmo y terminan por romperse, como ilustra la esquela antes mencionada.
            Triste futuro se adivina para las nuevas generaciones, en las que la familia cada vez se irá disgregando, diluyendo, en casas cada vez más pequeñas, donde falta el calor, la generosidad compartida. con los otros miembros de las familias, convirtiéndose así en cómodos y asépticos apartamentos en los que vivirán dos o tres personas como máximo, cuando no una sola, y cada uno tendrá que recurrir a relacionarse con  los extraños, con esos amigos de ida y vuelta que nunca podrán sustituir a la familia y sus lazos  de amor y solidaridad, porque en una sociedad cada vez más ególatra, individualista y fría, las relaciones pasajeras de pareja, de simples conocidos, de amigos dudosos y esporádicos, no podrán aportar nunca lo que no se es capaz de dar a los más allegados, a los que están unidos por lazos de sangre, de origen y genéticos que nos marcan para siempre y nos hace ser como somos.
            Quien no puede convivir con su propia familia, menos aún lo podrá hacer con extraños, ya que eso frase "a los amigos se les elige, a la familia no" que trata de explicar las bondades de la supuesta amistad con respecto a las relaciones familiares - aunque muchas no veces  esa cacareada amistad no es tal ni tiene esa cálida naturaleza que exige también generosidad y lealtad-, no es más que una agañaza que encubre el  propio egoísmo, pues la preferencia por estar, convivir y disfrutar con y de los "amigos", está basada en que con ellos nos sentimos libres de responsabilidades y  se está con  estos mientras convienen y divierten; por lo que son relaciones que, cuando  terminan, no dejan el mismo poso de amargura, dolor y vacío que cuando se rompe una relación familiar que son las que, de verdad nos hiere, porque en los miembros de nuestra familia nos reconocemos y sólo con ellos nos identificamos, por muy diferentes que seamos en psicología y temperamento
            .Naturalmente, que esto no significa que la verdadera amistad no exista, pero lo mismo que sucede con el amor, sólo es posible para personas con una gran generosidad,  capacidad de empatía y afecto, para poder así establecer vínculos verdaderos de lealtad y comprensión con quien consideran un amigo. Nadie que es egoísta, incapaz de convivir con su propia familia, de respetar las normas  de convivencia, de aceptar sus propias responsabilidades, será capaz nunca de establecer una verdadera relación de amistad con lo que ella conlleva con otra persona, porque sólo podrá aceptar de la misma lo que le conviene y hasta que le conviene, porque su incapacidad de establecer relaciones profundas y verdaderas con otras personas le marcarán tanto en la familia como en la relación sentimental o amistosa.
            La citada esquela es, pues, un aldabonazo que nos llama la atención sobre un mal que está tan extendido: la insolidaridad, la falta de generosidad y de amar que existe en la sociedad actual y que nos afecta a todos. Hay quien es capaz de "solidarizarse" con los pobres del Tercer Mundo y no siente la menos compasión por el pobre que está pidiendo en una esquina o por el anciano que muere de pena y abandono  en su piso, rodeado de recuerdos y soledad. Es que, para muchos, las penas de quienes están lejos, precisamente por estarlo y no  poder tocarles de cerca su comodidad y egoísmo, son más "digeribles", aceptables y cómodas y exigen menos esfuerzo, tiempo y molestias, sobre todo si al prestar ayuda, en un minuto, se sale en la foto y se siente paz en la conciencia por el bien hecho; pero cerrando, al mismo tiempo, los ojos a la realidad que le rodea: en la familia,  en los amigos y conocidos, en la vecindad y en el trabajo, cuando llega la hora de tener que demostrar de verdad que se es digno de ser llamado hijo, nieto, hermano, amigo o compañero de quien sufre, está solo, enfermo o necesita del apoyo, la comprensión, el cariño y la compañía que la ocasión requiera. Es entonces cuando, de verdad, se demuestra lo que se quiere a la otra persona, importa o significa  en  la vida de quien puede dar su ayuda, compañía, afecto o simplemente, ese toque cálido y humano  que siempre necesita quien ha perdido toda esperanza.
            Y lo que todos sabemos es que, lo que le ha sucedido a la señora de la esquela, también nos puede pasar a cualquiera y eso sí que es aterrador.
           

sábado, 13 de octubre de 2012

Los españoles, el matrimonio y las uniones de hecho



Alianzas marimoniales
                España ha sido un país tradicionalmente católico y por eso los matrimonios se celebraban hace décadas únicamente de forma canónica, lo que llevaba aparejado el matrimonio civil.
            Después, con la democracia y la separación entre Iglesia y Estado, se celebran ambos matrimonios de forma sucesiva en el matrimonio religioso, aunque el matrimonio canónico y el civil no tiene ya el mismo nexo de relación obligatoria de décadas atrás, porque puede celebrarse  sólo el civil o el canónico, según la predilección de los contrayentes, aunque habitualmente no se celebra el matrimonio canónico solamente, porque los contrayentes si optan por éste último, también lo hacen civilmente.
Posteriormente, la sociedad se fue apartando de la práctica religiosa, en una gran mayoría, y trajo consigo una nueva modalidad –aunque siempre existió, pero sin la aceptación social que tiene hoy en día-, como es la unión de hecho, especialmente desde la equiparación de dichas uniones, en el aspecto civil, al matrimonio.
Las parejas cada vez se casan menos y eligen, en una amplia mayoría, la unión de hecho, con o sin el registro existente a tal fin; pero su aumento incuestionable no se debe a causas de la pérdida de fé, porque tampoco aumenta el número de matrimonios civiles, sino que se debe a una cuestión práctica: por una parte, la eliminación de los gastos inherentes a la ceremonia civil y/o religiosa; y, por otra, a la previsión de una supuesta separación más fácil en el futuro, con la eliminación de la consiguiente carga de trámites burocráticos, además de la rapidez y comodidad que supone el hecho de irse a vivir juntos  sin más trámites, gastos, papeleos y molestias.
Las estadísticas muestran el descenso en el número de matrimonios que se contraen cada año en las dos modalidades: civil y religiosa, que ha pasado de los 8 matrimonios por cada mil habitantes/año, a la cifra de 3,5 matrimonios por mil habitantes/año, que es inferior a la media europea que se sitúa en 4,5 en dicha proporción y año.
Imagen simbólica de las uniones de hecho


Además, se ha registrado un aumento imparable en el número de nacimientos fuera del matrimonio que en las décadas 60 y 70 del pasado siglo eran sólo un 2% de los nacimientos ocurridos. Sin embargo,  hoy en día la cifra es de un 35%, también superior a la media europea que es de un 33%. Todos estos datos indican que los españoles, cuando nos decidimos a hacer algo, somos siempre extremistas y no conocemos el término medio.
            Todas estas cuestiones tan importantes en la vida de cualquier ciudadano, se han debatido en un encuentro que ha organizado The Family Watch, y en el que Víctor Torre da Silva, profesor del Instituto de Empresa, ha manifestado el crecimiento de las uniones de hecho frente a los matrimonios actualmente. Ha hecho hincapié en que la actual crisis económica se encuentra detrás de este fenómeno que es imparable, pues la celebración de cualquier  tipo de matrimonio sigue siendo extremadamente cara, y a ello hay que añadir  el factor también decisivo de que las legislaciones de las distintas Comunidades Autónomas, equiparando a las uniones de hecho al matrimonio, ha creado una ventaja indudable entre unas y otro, lo que convierte a las uniones en una opción más favorable para la economía y comodidad de la pareja a la hora de decidir unirse, además de reportarle similares ventajas, aunque  sólo en apariencia.
            La ciencia también tiene relación con esta situación, ya que las técnicas de reproducción asistida, les permite a muchos tomar la decisión de tener hijos biológicos  de forma unipersonal (las mujeres con los donantes anónimos de esperma y los hombres con los vientres de alquiler que, aunque no están permitidos en España, siempre hay formas de burlar la ley en ese sentido), sin tener que cumplir el requisito previo del matrimonio y de crear un ambiente familiar estable en el que criar a los hijos.
            Dicho profesor ha manifestado que la falta de estabilidad en las relaciones de pareja es un manifiesto paso atrás en la historia, ya que representa, en el mundo de hoy, la figura del matrimonio romano originario que estaba basado en el afecto más que en el compromiso.
Esta concepción de la relación de pareja, aunque parece muy positivo y deseado al principio, tiene sus luces y sombras como todo lo humano, y le da a la unión de hecho en sí un signo de precariedad, provisionalidad y futilidad que facilita la ruptura en un porcentaje superior a la de cualquier matrimonio, civil o canónico.  La facilidad para llegar a la unión de hecho es la misma que para realizar la desunión y sólo descansa sobre la voluntad de los miembros de la pareja, aunque en la mayoría de los casos, sólo es la voluntad de uno de ellos la que decide cómo, dónde y hasta cuándo seguir con la  otra persona y basta que el aburrimiento, el hastío, la falta de deseo, el desgaste de la convivencia o cualquier otro motivo le lleve a dar por terminada esa relación, aunque el otro componente no esté de acuerdo; primando así una voluntad sobre otra, sin consecuencias legales ni patrimoniales, si no existen hijos o bienes a repartir, y sin tener en cuenta más que el  propio deseo y la voluntad de quien pone fin a la relación.
Imagen terrible del maltrato a la mujer
Las estadísticas policiales afirman que en los casos de maltrato a la mujer, el porcentaje más alto lo ofrecen las parejas de hecho con respecto a los matrimonios, pues las mujeres maltratas por sus maridos son un 48% y el 52% son parejas o ex parejas. Aunque en esta sociedad en la que todo tiene que ser fácil, rápido, cómodo, bonito y barato y lo que poco cuesta, poco vale, por esa confusión entre el valor de las cosas y lo que se paga por ellas, incluidas las relaciones en las que el amor, la lealtad, la fidelidad y otros sentimientos humanos entran en juego, mientras menos responsabilidad existe en una situación determinada, menos valor o importancia se le da a la misma. Sólo hay que  preguntarse en quién vería como algo recomendable un puesto de trabajo, sin contrato, sin alta en la Seguridad Social, sin unas garantías jurídicas, laborales y económicas pactadas previamente entre ambas partes, empresario y trabajador, y que el empresario pudiera decidir unilateralmente el sueldo, el horario, las obligaciones del trabajador y hasta el despido, de un día para otro, sin más responsabilidad ni consecuencias de ningún tipo. O  también cabe la pregunta: ¿Qué propietario se atrevería a alquilar un piso sin la firma de un contrato, sólo de palabra? Es curioso que en un tema tan importante como es la vida de pareja, el ser humano se suele confiar, aunque en dicha relación no sólo hay aspectos sentimentales, sexuales y afectivos, sino también aspectos económicos que deben ser regulados para evitar problemas indeseables cuando el amor se acaba y comienza el odio.
Naturalmente, el hecho de que la relación de pareja se basa en el amor, la pasión o el mero capricho, parece rodear a la misma de una especie de escudo protector que le asegura su  inmunidad para que pueda tomar cualquier modalidad de entre las dos existentes, decantándose siempre hacia la más barata, cómoda, rápida y sin complicaciones. El problema es que aquí se olvida que la legislación, al equiparar la pareja de hecho, con o sin registro, al matrimonio, está estableciendo de forma tácita una serie de responsabilidades que quienes se embarcan en la aventura de la convivencia ignoran o creen que son menos gravosas que las del matrimonio. Sin embargo, no sucede así como demuestran los tribunales a la hora de decidir quién se queda con el piso, con el coche, con los hijos habidos en las parejas de hecho y con todo lo relacionado con los bienes conjuntos, estableciéndose una guerra campal, en muchas ocasiones, iguales o, muchas veces, más virulentas que las de cualquier divorcio porque no están definidos derechos y deberes a priori.
Algunos piensan, por ello, que el día que se cansen de su pareja le dirán adiós y se acabó,  ignorando que también se puede exigir al otro miembro de la pareja de hecho una paga compensatoria cuando el o la solicitante no tiene medios de vida propios o sale perjudicado en la ruptura. Total, las consecuencias son iguales que en el matrimonio, pero sin tener ya resuelta esas y otras cuestiones al no estar casado, porque no hay que olvidar que el matrimonio civil es un contrato entre dos personas que establecen una sociedad de gananciales, en separación de bienes o de participación, según opten los contrayentes. Y en esos supuestos, ya está contemplada por la legislación civil la división de dicha sociedad de gananciales o, si existe el régimen de separación de bienes, aún es más sencillo desde el principio del matrimonio.
Es decir, por ahorrarse el trámite del matrimonio, las parejas de hecho contraen iguales responsabilidades patrimoniales que las casadas cuando tienen bienes conjuntos. Los problemas comienzan al final de la relación cuando esa aparente facilidad se convierte en dificultades superiores a la hora de dilucidar qué es de uno y qué es de la otra, pero no están inscritos a nombre de los dos, bien porque no hay un contrato (matrimonio) o un régimen económico regulador decidido por las partes, y así se pone de manifiesto lo que dice el refrán: “Lo barato siempre sale caro”.
Naturalmente, las parejas de hecho también pueden establecer el régimen económico por el que se regirán durante la duración de dicha unión, eligiendo cualquiera de los tres regímenes indicados anteriormente. Dicha posibilidad producirá las mismas consecuencias que en el matrimonio, pero para ello tendrán que realizar los actos y trámites burocráticos que se exigen, dándose la paradoja de que son los mismos que quieren evitar no casándose.
Sólo hay que ver a  quienes -la mayoría son mujeres-, que han perdido a su pareja de hecho y cuyos bienes sólo estaban a nombre de quien ha fallecido, tratando de demostrar que han convivido al menos dos años, en el caso de no haber hijos comunes, con el o ella, para subrogarse en el contrato de alquiler del piso en el que convivían y que estaba a nombre únicamente de quien ha muerto; o  para poder  demostrar los requisitos necesarios para obtener una pensión similar a la de viudedad, aunque después venga el cónyuge legítimo (si lo hubiere) a quitarles la pensión, o para retener el usufructo del piso propiedad del fallecido, si no había hijos por parte del  causante o de ambos.
El matrimonio estipula, desde el primer momento, los derechos y deberes de los cónyuges, mientras que a las parejas de hecho que no han  estipulado el régimen económico, les queda el amargo trabajo que exige mucho tiempo, y paciencia para demostrar todos los extremos, antes de poder beneficiarse de dichos derechos, similares a los del matrimonio, cuando se rompe la pareja, por voluntad de uno o ambos, o por fallecimiento.
Y es que cuando se acaba el amor que suele durar poco (ya lo dijo Pablo Neruda “qué corto es el amor y qué largo es el olvido”) y no hay una voluntad de continuidad, de lucha por la pareja, por la familia que se ha querido crear, aunque después no se haya conseguido, lo único que queda, además de la amargura, el desencanto y el rencor, es la lucha feroz por dilucidar quién compró el televisor, el coche, o pagó más dinero por el piso, peleándose en los Juzgados por arrancar a los hijos o al perro de la custodia del otro, o sacar unos euros más con que poder salir airoso del mal trance de la ruptura, con la satisfacción sádica de pensar eso tan común de:” yo he perdido el tiempo, el dinero  y la ilusión, pero a este/a hijo/a de p… le voy  a quitar hasta las ganas de vivir”.
La felicidad o continuidad de una pareja no la garantiza nada ni nadie, ni el matrimonio ni la libertad supuesta, nunca es real, que ofrece la unión de hecho; pero sí son más duraderos los matrimonios con respecto a las uniones, con una media de quince años, mientras que las parejas de hecho no superan los cuatro años. La crisis económica ha provocado el efecto de rebajar el índice de divorcio a los niveles de hace una década, aunque sigue siendo elevado, pero menor que el número de parejas de hecho que rompen la relación.. El número de divorcios que se produjeron e 2010 en España era de tres por cada 4 matrimonios que se celebraron ese mismo año, es decir un porcentaje de 75% de divorcios con respecto a los matrimonios celebrados, cifra que ibaa en aumento - a pesar de los dicho anteriormente del frenazo que ha supuesto la crisis-, por lo que, dentro de muy poco tiempo, se estima que se celebrarán al año tantos matrimonios como divorcios, lo que viene a ser una tasa  de divorcios del 100%. Canarias ofrece el mayor índice de divorcios cada año porque estos superan a los matrimonios que se celebran anualmente, ya que alcanza la cifra de 121 divorcio por cada 100 matrimonios anuales, con la tasa consiguiente de 121% de divorcios. Le siguen la Comunidad Valenciana con un 89% y Cataluña con un 83%, Las Comunidades Autónomas que tienen una menor tasa de divorcios son Navarra y La Rioja con un 58% y el País Vasco con un 57%, aunque en estas Comunidades los divorcios no han disminuido por la crisis (datos relativos a 2010 ofrecidos por el Instituto de Planificación Familiar). La media nacional en ese año era del 75%, pasando del 47% que ofrecía el año 2000, lo que significa una tasa de aumento de un 60% en una década.
Los hijos siempre víctimas de los
 problemas de pareja
Todo esto indica que existe una amenaza cierta sobre el matrimonio y su continuidad como núcleo familiar que se basa en dos causas: el menor número de matrimonios que se celebran cada año, la primera; y, la segunda, la existencia de lo que se ha llamado divorcio express que facilita, agiliza y favorece los divorcios que se provocan en un momento de calentamiento por parte de alguno de los cónyuges, Parece como si está sociedad no viera bien la continuidad de la institución matrimonial, pilar fundamental de la propia sociedad, y tuviera una prisa inconfesable en acabar con ella, favoreciendo, agilizando y dando toda clase de facilidades para quienes quieran separarse o, simplemente, quien quiera hacerlo de forma unilateral sin tener que justificar sus deseos de romper el matrimonio ni presentar justificación alguna, motivo o causa que lo legitime, pueda hacerlo en el mínimo de tiempo posible -aunque nunca menos de seis meses-, y con las menores molestias. Esta posibilidad de romper el vínculo matrimonial, haya o no hijos, dejan al cónyuge que no está de acuerdo y a los hijos comunes,de haberlos, de la noche a la mañana, con la familia rota y el corazón encogido.
Al amor no le hacen falta firmas ni contratos, según dicen muchos, pero sí le hacen falta al desamor, al abandono, al deseo de venganza, al egoísmo y a la falta de escrúpulos para que, cuando se acaben los días de vino y rosas, no tengan que pagar las culpas ajenas los hijos habidos que se convierten en un arma arrojadiza y en víctimas, la pareja abandonada que no ha propiciado la ruptura (en caso de haberla y no ser la ruptura de mutuo acuerdo), y se sigan creando así, de forma imparable, familias desestructuradas, hijos neuróticos, y adultos que no saben lo que quieren ni saben querer, porque todo lo basan en el capricho, en el deseo inmediato, en el egoísmo feroz y en la voluntad omnímoda de buscar siempre el propio bien, aún a costa de los demás.
A esas personas, a las que le pesan las responsabilidades voluntariamente contraídas, los problemas cotidianos, los roces de toda convivencia, la rutina y la obligación moral para con una familia creada en un acto, si no de amor, sí de  capricho y amor propio -que es el único amor que muchos y muchas son capaces de sentir-, les sobran el matrimonio, los compromisos y los juramentos y, sobre todo, les sobra la pareja, porque les falta la madurez emocional, el sentido de la responsabilidad y, sobre todo, la capacidad de amar. Para ellos el divorcio o la ruptura es un “borrón y cuenta nueva”, para empezar a continuación otra historia con los días contados y con igual y previsible fin, el  que lleva siempre y sin remedio a la más absoluta soledad y alienación. Aunque habría que preguntarse: si quienes empiezan una aventura en común, no quieren firmar un compromiso porque no se fían de sus propios sentimientos ni los del otro y dudan de su durabilidad, ¿como puede triunfar esa relación, si ni siquiera creen en ella quienes la protagonizan? Una aventura en común tiene que empezar desde la confianza en el otro, la seguridad en los sentimientos propios y en  los de la pareja y en el deseo común de que la unión va a ser duradera y firme. Desde luego, mal empieza un proyecto en común en el que no creen quienes lo van a llevar a cabo. No es extraño que fracasen tantas parejas que, desde el principio, empezaban con dudas, sospechas, desconfianzas y recelos, se casen o no, porque ahora el matrimonio con el divorcio express tiene la puerta de salida siempre abierta.
El divorcio, como toda ruptura de pareja de hecho, no es más que la confirmación evidente de un fracaso  personal y vital y cada vez serán más quienes lo protagonicen, porque en esta sociedad materialista, en la que se quiere todo de forma fácil, sencilla, placentera y lúdica, no se entiende el amor nada más que como un juego, como un divertimento, como una experiencia más, del que se espera todo sin dar nada apenas.
El divorcio como fin del matrimonio
El divorcio y las rupturas de las parejas, casadas o no, son sólo una muestra más del fracaso de la sociedad en su conjunto, porque ésta la forman individuos incapaces de cualquier  sacrificio, esfuerzo, lealtad o fidelidad a una promesa hecha con ilusión y amor (lo que se debe suponer), si en ello no encuentra un beneficio inmediato, seguro y creciente.
El individualismo egoísta es el peor enemigo del amor y de la pareja y ni el divorcio express, ni las uniones de hecho sin papeles y sin compromiso, son una garantía de felicidad ni sirven para salir indemne de una ruptura, porque en ellas siempre se pierde algo indefinible y valioso que es la fe en uno mismo y en los demás, sobre todo si se ha puesto, con firma o sin ella, el propio corazón en el intento.
No es el  matrimonio o la pareja de hecho los que fracasan, ni hay que echarle siempre las culpas al otro, lo que suele fallar es la propia capacidad de amar, de aceptar las propias deficiencias y, por ello, las del otro, y falla la generosidad para la entrega en un proyecto común en el que siempre va a haber escollos, pero en el que nunca debiera faltar eso que parece representar la relación en sí misma  el amor, la confianza, la generosidad y la lealtad.
           



miércoles, 23 de mayo de 2012

Los españoles y la infidelidad



                España ha sido tradicionalmente y hasta hace unas décadas un país marcado profundamente por la religión católica y ello ha motivado que en el aspecto sexual, aunque la infidelidad siempre ha existido como en cualquier otra parte del mundo, era tabú hablar sobre dicho tema públicamente, en cuanto a los hombres se refiere; y, en cuanto a las mujeres, en su amplia mayoría, por la educación represiva recibida y el rechazo social hacia el adulterio femenino que llegó a estar penado con seis años de cárcel, sólo para ellas, en la España franquista, era minoritario, casi inexistente, el número de adulterios cometidos por las mujeres que siempre temían las graves consecuencias tanto personales, familiares, como legales que dicha práctica les podría acarrear, por lo que era un terreno sólo abonado para los hombres, siempre que lo hicieran con la discreción e hipocresía que marcaban los usos sociales de la época.
Imagen simbólica de la infidelidad 
            Sin embargo, a raíz de la llegada de la democracia y  el cambio producido en los hábitos y costumbres españoles, con la desacralización de la sociedad española y el alejamiento de las prácticas religiosas, se ha producido un cambio evidente en las costumbres tanto de hombres como de mujeres: en los primeros se traduce en un menor temor a exponer sus deseos y costumbres sexuales y una mayor temeridad en ese aspecto; pero sobre todo el cambio se ha producido para las últimas, que se han visto libres de los prejuicios atávicos que las sujetaban a unos cánones de conducta moral estrictos y represivos, a una mayor apertura y libertad, a lo que ha coadyuvado los controles de natalidad eficientes y numerosos, lo que se ha manifestado en una libertad sexual sin precedentes para las mujeres en especial -ya que los hombres siempre estuvieron libres en ese aspecto si procedían con cierta cautela y de forma no escandalosa-, que las ha situado en la cabeza de los países en cuanto a mujeres inscritas en las webs que ofrecen contactos esporádicos para casados/as, con un porcentaje superior de un 5% más que en cualquier otra parte del mundo. Es decir, mujeres que buscan contactos esporádicos de tipo sexual, pero admitiendo estar comprometidas o casadas y no querer ningún tipo de relación más allá del puramente sexual porque desean mantener su relación de pareja.
            Este cambio drástico de la mentalidad y conducta sexual de la española en la actualidad, lo pone de manifiesto y con cifras que no admiten contradicción alguna, la empresa de contactos on line Ashley Madison, que con un año de actividad en España cuenta con más de 630.000 abonados, aunque sólo esperaban 250.000, pero se ha visto desbordada en sus expectativas, además de que lo que más ha sorprendido a esta empresa ha sido el hecho de que de esos 630.000 abonados españoles, el 40% son mujeres, es decir, unas 252.000 féminas que buscan aventuras sexuales con total discreción a través de esta empresa, cifra a la que habría que sumar la que puedan ofrecer otras empresas similares que funcionan en la red.
                En 2011, el país con mayor número de abonados era Australia, en relación con la empresa antes mencionada, pero ahora España es el país que ha dado una mayor tasa de clientes, casi parejo en cuanto a sexos, situando a nuestro país en en el número uno de la escala, por el tener el mayor número de abonados fuera de América, según ha comentado Noel Biderman, fundador de Ashleymadison.com, en declaraciones hecha al periódico El Mundo a su paso por España.
Noel Biderman, fundador de Ashley Madison
            Afirma categóricamente Biderman, en dicha entrevista, que "La infidelidad es un negocio a prueba de recesión, como los casinos o el alcohol", y continua: “En tiempos difíciles, la gente necesita ser feliz" y prosigue: "Unos apuestan, otros beben, y hay quien quiere dormir con otras personas. Si llegas a casa y tu pareja te grita que no has pagado las cuentas, das la vuelta y vas por un trago. Quizá alguien te invita a su casa para pasar un buen rato. La gente no quiere divorciarse, porque ama a su familia o porque no tiene dinero para ello". Esta empresa pretende hacer una multinacional de la infidelidad tanto en el viejo como en el nuevo continente y, en cuanto a Europa ya existen filiales en  Italia, Alemania, Reino Unido, Suiza, Suecia y Austria. Francia y Portugal lo que suma más de 14.000.000 millones de clientes en todo el mundo.
             Y como colofón advierte: "Un affaire significa dos cosas: conocer a alguien y que no te descubran. Para lo último, Facebook es el peor lugar que puedes escoger".
            Naturalmente, alguien que vive de la infidelidad y maneja tales cifras millonarias de usuarios, sabe bien en qué país hay más demanda de tales encuentros clandestinos. En lo que se refiere a España, demuestra que, a pesar de todos los pronósticos, el número de clientes ha sido mucho mayor de lo esperado y, sobre todo, en cuanto a las mujeres se refiere, a pesar de la fama de las españolas de ser mujeres tradicionalmente fieles.
            Estos datos son solo la punta del iceberg. No se puede olvidar que quienes buscan una aventura no sólo lo hacen a través de la red, sino en otros muchos lugares y de otras maneras incluso más tradicionales, lo que haría esta cifra mucha mayor si se pudiera tener acceso a ellas.
            La infidelidad, por su propia naturaleza, siempre es clandestina y secreta y nadie que es infiel lo va diciendo a voces, sea hombre o mujer, pero sobre todo en el caso de ellas, aún utilizan más la discreción que ellos, por lo que es más difícil saber y cuantificar el verdadero número de mujeres que en nuestro país busca una aventura sexual al margen de la pareja y sin desear perder a ésta y a la familia creada.
            España es un país de contrastes y en este asunto no podía ser diferente, pues de ser una país católico y de costumbres puritanas como fue hasta la llegada de la democracia con la apertura de costumbres que ésta trajo, se ha pasado a ser el país que numéricamente da el mayor índice de infieles, tanto masculinos como femeninos, poniéndonos a la cabeza de tan curioso ránking.
Internet una vía más para la infedilidad 
            Naturalmente, la naturaleza de los españoles no ha cambiado, sino las posibilidades que ofrece actualmente la sociedad y la propia tecnología para dar rienda suelta a los deseos pujantes que subyacen en toda persona y que, sólo cuando se ven libres de los corsés sociales que los constreñían, salen a flote con la fuerza de todo instinto primario sofocado durante generaciones y busca, por ello, su propia realización sin cortapisas, sin ataduras y sin más frenos que pone la propia pasión, el deseo sexual y algo tan innato en el ser humano como es la búsqueda de aventuras y de cambio que ayuden a soportar la rutina, el tedio de la vida cotidiana y diluya la pátina del aburrimiento que toda vida, sola o en pareja, ofrece; porque sólo en lo desconocido, en lo que está lejos, o aún por descubrir, se encuentra esa chispa que alienta la imaginación, la nutre y le ayuda a ser “otro” mientras se sigue siendo el mismo en la vida real, ésa que tanto importa y a la que no  se quiere perder ni cambiar por ninguna aventura por excitante que sea, porque aquélla es la verdadera, la auténtica, y esta otra, sólo es la aventura vivida en secreto,  un balón de oxígeno que ayuda a respirar un poco mejor, a veces; aunque, en ocasiones, puede llegar a asfixiar a quien lo utiliza cuando no tiene demasiado cuidado y puede perecer en el intento.

domingo, 29 de enero de 2012

La obsesión por el cuidado del cuerpo

                                                                    
Cartel de prevención de la anorexia


















España es un país de contrastes geográficos, lingüísticos, culturales, folclóricos, gastronómicos y, por su todo eso fuera poco, también lo es en el cambio de mentalidad que se ha producido, en los últimos años, en los que las modas imperantes en los EE.UU., desde hace décadas, se han introducido en España, provocando un notable y evidente cambio en la concepción tradicional de la nutrición en los españoles, en una gran mayoría, abandonando hábitos tan saludables como es el de la rica y sana dieta mediterránea  a favor de las dietas de moda, en cada momento, tan poco saludables y de efectos nocivos en la mayoría de los casos.

Y afirmo que es un país de contrastes porque hemos pasado, a lo largo de las dos o tres generaciones últimas, de comer la llamada comida casera, rica en nutrientes y sabrosa, abundante en hidratos, grasas, proteínas y fibra vegetal –no hay que olvidar que España ha sido siempre una país agrícola con abundante productos hortícolas-, a las dietas hipocalóricas, bajas en grasas pero plagadas de conservantes, acidulantes, espesantes, etc.., todos ellos productos químicos que dan buen aspecto y sabor, pero son poco saludables en una dieta continuada, cuando no nocivos para la salud. Y sin contar con la comida basura: pizas, hamburguesas, perritos calientes, bollería industrial, etc., que es también una plaga que provoca, paradójicamente, obesidad infantil, porque los niños son los más aficionados a este tipo de alimentación, también venida de Estados Unidos en su mayoría.

Imagen de la bulimia
Sin embargo, es en la población adulta –aunque ya suele comenzar en la difícil etapa de la adolescencia-, en la que se detecta la obsesión por la delgadez, por no aumentar ni un gramo el peso que se considera adecuado –aunque esto no sea sinónimo de belleza, sino muchas veces, de todo lo contrario-, en la que muchos españoles, sobre todo españolas, se pasen la vida tratando de perder kilos o no ganarlos, haciendo dietas draconianas que se llevan por delante la salud, el equilibrio psicológico, la tersura de la piel y hasta las ganas de vivir, porque muchas de las susodichas dietas lo único que consiguen es el efecto rebote: perder unos kilos pronto  para recobrarlos rápidamente con otros añadidos y con la consiguiente pérdida de salud.
 
Un ejemplo de vigorexia
Esta obsesión por las dietas está ocasionando trastornos alimentarios de terribles consecuencias como la anorexia nerviosa, por la que los enfermos que la padecen dejan de comer o sólo lo hacen en cantidades insuficientes o mínimas –antes sólo eran mujeres las que la padecían, pero ahora los hombres están sufriendo también esta terrible plaga, aunque se les hace menor caso por prejuicios atávicos-; la bulimia que es un trastorno por el que los pacientes comen compulsivamente y después se provocan el vómito, además de tener ciclos de bulimia y anorexia sucesivamente; y, por último la vigorexia que es la obsesión por aumentar el volumen del cuerpo pero, sobre todo, la masa muscular, para lo que usan una dieta especial rica en carbohidratos y proteínas, ejercicios físicos encaminados a aumentar la musculatura de determinadas partes del cuerpo, anabolizantes esteroideos, complejos vitamínicos especiales y un largo etcétera.

Practicante de jogging
Además, personas que nunca han estado interesadas por el deporte, comienzan a asistir a gimnasios, o a realizar prácticas deportivas como el footing, jogging, fitness, etc., sin los correspondientes controles médicos previos, en aras de conseguir la pérdida de peso rápida y segura, aunque lo único que tienen seguro es que perderán otras muchas cosas, empezando por la salud y terminando por el tiempo y el dinero. Estas prácticas que pueden ser buenas y recomendables, no se hacen por estos forofos de la lucha por “ni un kilo de más”, por el deseo de mantener la salud y un buen tono general, sino por el único motivo de luchar contra los michelines, la flacidez y la celulitis  que son los principales enemigos de estos nuevos narcisistas que se olvidan de la salud y, por ello, no dudan en ponerla en peligro con prácticas deportivas no adecuadas a muchas personas, además de las lesiones y enfermedades sobrevenidas por las mismas en quienes obvian la visita al médico antes de lanzarse a la lucha contra el enemigo aparente que son los kilos de más, aunque estén en un peso adecuado, cuando, en realidad, luchan contra los propios fantasmas interiores, contra su falta de aceptación de sí mismo que, al no reconocer, proyectan en su propio cuerpo al que machacan en busca de una perfección física que ni pueden alcanzar ni es tampoco el motivo de su desazón y falta de aceptación de su propia persona.

Intervención de cirugía estética
España se ha convertido ,también, en uno de los países con mayor número de operaciones estéticas y el primero en Europa con 450.000 intervenciones quirúrgicas al año con tal fin y un coste de ochocientos millones de euros. Nuestro país ocupa el  quinto lugar en el número de  intervenciones quirúrgicas estéticas después de EE:UU., Brasil y Argentina, pero cuya lista la encabeza, de forma sorprendente, El Líbano, número uno de este curioso ránking por la diferencia de precios con los otros países en cabeza en cirugía estética, lo que convierte a dicho país en un “chollo” para los obsesionados con los milagros de la cirugía estética, aunque no puedan cambiar sus verdaderos complejos que enfocan erróneamente en su propio cuerpo. Hay quienes recurren a estas técnicas quirúrgicas queriendo detener el tiempo y aparentar veinte o treinta años menos, aunque lo único que consiguen es engrosar la cuenta corriente del cirujano y ser irreconocible para propios y extraños que no le ven más joven, sino más "raro" y, casi siempre, le ven un aspecto peor que antes de la operación, porque las arrugas, los surcos que dan los años son también parte de la personalidad, de la fisonomía de cada uno y, en suma, es la mejor expresión de un rostro que sabe envejecer con dignidad y con aceptación serena de la propia realidad, de los años vividos, pues ése es el mejor logro.


Además, hay otras prácticas estéticas, no tan traumáticas como  las intervenciones quirúrgicas, que son también muy demandadas: inyecciones de bótox (toxina botulímica) para disminuir las arrugas y surcos faciales, relleno de silicona en labios, injertos de pelo y un largo etcétera de tratamientos cosméticos que, en muchas ocasiones, no proporcionan nada más que una expresión hierática e impersonal como la de una máscara; o deforman la boca a la que quería aumentar su belleza sensual, dándole un aspecto risible y otras muchas  consecuencias que no son las buscadas por quienes pagan altos precios en busca de una supuesta perfección que sólo está en su imaginación y en sus propios complejos no resueltos.

Todos esta obsesión por el cuerpo y su perfección –lo que es imposible conseguir porque todo humano es imperfecto y, si la persona es poco agraciada de nacimiento, la cirugía no puede darle la belleza de la que carece, porque en esto la Naturaleza da “la materia prima” que se podrá moldear hasta unos límites, pero sólo hasta ahí-, parece que se debe a un trastorno llamado “dismorfia corporal” acuñado por el médico italiano Morselli, en 1886. Freud había descrito en su literatura científica el caso del "Wolf-man”, (hombre lobo) una persona que  estaba obsesionado con su nariz, porque la veía horriblemente fea, demasiado prominente y llena de cicatrices, olvidando que tenía un extraordinario exceso de vello en cara y cuerpo. 

Se apunta que el 1% de la población mundial sufre este trastorno (nada menos que 70 millones de personas) llamado distrofia corporal que el que produce todos las conductas antes mencionadas y cuyas características se resumen así:
  • Piensan y se preocupan varias horas al día en el defecto corporal que creen tener.
  • Se miran en el espejo continuamente y, como en el caso de la anorexia, bulimia y vigorexia, éste les devuelve una imagen distorsionada de la realidad.
  • Las partes del cuerpo que son preferentemente objeto de obsesión, de mayor a menor grado: piel, pelo, nariz, ojos, orejas, piernas, rodillas, pecho, genitales o la creencia de que su cara es asimétrica.
  • Este trastorno suele aparecer en la adolescencia,  por lo que les lleva continuamente  a interrogar a amigos y familiares sobre su aspecto.
  • Muchos de ellos  optan por la cirugía estética para zanjar su "manía". Pero la dismorfia corporal es un trastorno mental, no físico y, a pesar de todas las operaciones y demás recursos que utilicen no consiguen mejorar porque el problema está en la psique de la persona y no en su cuerpo al que lo desplazan.
Es evidente que quienes padecen esta patología nunca dejaran de buscar ese físico soñado con dietas, que abandonan rápidamente cuando no les da los resultados apetecidos para comenzar otra a continuación; sesiones agotadoras de gimnasio, intervenciones quirúrgicas continuadas y demás medios para huir de la propia angustia, de la ansiedad que les produce la no aceptación de quiénes son, cómo son y la búsqueda obsesiva de la autoestima por caminos equivocados. Es su mente la que tienen que cambiar y para ello no hay dietas, ni ejercicios, ni operaciones que valgan, sino la sana aceptación de que el problema se ha de resolver con otros medios como son la psicoterapia, el crecimiento interior, el trabajo en el fortalecimiento de la propia autoestima y la aceptación de que físico y mente están unidos y si falla ésta última, jamás se aceptará lo externo, el envoltorio que es el propio cuerpo, en el que se depositan todas las frustraciones, los complejos, las insatisfacciones que tienen otro origen y otra naturaleza.

Naturalmente, esto no significa que no se apoye el ejercicio moderado y apropiada a cada edad y circunstancia, lo que siempre es sano y recomendable; así como las dietas equilibradas y el cuidado de la propia imagen, entre los que priman la higiene y la estética, pero sin obsesiones, ni cultos enfermizo a tales cuestiones, porque donde hay obsesión hay enfermedad y, por lo tanto, es lo contrario al  interés que debe ser prioritario en todas las actividades humanas para alcanzar el mayor grado de bienestar  físico y mental que es la propia salud.


Lo extraño, aunque no por ello poco habitual, es que quienes intentan alcanzar la perfección ideal de su cuerpo -o mantenerla si creen que ya la poseen-, se olvidan, sin embargo, de cuidar su mente, en igual o mayor proporción, con una actividad intelectual constante, manteniendo despierta la curiosidad para aprender y obtener nuevos conocimientos y, en suma, para cuidar lo más importante del ser humano que es el cerebro, órgano esencial que regula todas las demás funciones, y entre ellas las funciones mentales superiores que son, en definitiva, las que nos permiten funcionar como seres racionales y pensantes y no como meros organismos vivos que sólo tienen que cumplir  funciones biológicas. La inteligencia es el mayor atractivo que puede tener una persona, porque cuando ésta es insuficiente no hay belleza que supla su ausencia ni cuerpo por perfecto que fuera que haga olvidar que su dueño/a es un/a imbécil.

En definitiva, quien no se gusta por dentro, jamás se aceptará por fuera. Sin embargo, nunca sucede al contrario porque, quien está satisfecho con su forma de ser y estar en el mundo, nunca tiene complejos físicos, porque la mente sana provoca siempre la aceptación gozosa de uno mismo y de las propias imperfecciones humanas que son inevitables e, incluso, son la expresión de la propia personalidad, de la natural idiosincrasia. No hay mejor  secreto de belleza que una actitud positiva, optimista y equilibrada, lo que se refleja en el cuerpo y en la cara, porque ellos son los que manifiestan el estado psicológico y emocional de cualquier persona.que se cuida tanto por fuera como por dentro, se acepta y se quiere sin complejos.