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domingo, 28 de septiembre de 2014

El final de las vacaciones y el síndrome postvacacional





            Cuando finalizan las vacaciones, sobre todo si se ha podido viajar a la playa, montaña o, en el caso de los más afortunados, al extranjero, y el consiguiente retorno a la cotidianidad se traduce para muchos en un síndrome postvacacional que, como tal, viene acompañado de taquicardia, nerviosismo, dolor muscular, problemas estomacales, y otras molestias difusas pero no por eso menos reales y penosas. No hay que alarmarse por ello pensando que se sufre una dolencia grave de la que son síntomas las molestias antes señaladas, sino que es la respuesta del cuerpo a una vuelta a la cotidianidad que viene siempre acompañada por una vuelta al trabajo, a los estudios, a las obligaciones cotidianas e ineludibles, que provoca estas reacciones somáticas que son como una voz de alarma de que no se acepta ese regreso tan temido a la dura y siempre poco agradable vida cotidiana y sus muchas servidumbres.
            Este síndrome o conjunta de síntomas, lo que es lo mismo, está siendo calificado por los psicólogos y psiquiatras como una posible enfermedad causada por el final de las vacaciones y el regreso a la vida normal tan poco apetecible y, en muchos casos, absolutamente aborrecible para quienes se niegan a aceptar que lo bueno, las vacaciones, ha terminado. Se plantea por ello si es posible evitar que este regreso traumático se produzca y poder así paliar tan nefastas consecuencias.
            Según los especialistas la causa real de este síndrome postvacacional es la percepción del trabajo como una estimulación negativa. Ello provoca el aumento de los niveles de ansiedad, falta de atención, desgana, apatía, modificación de los períodos de vigilia-sueño, tristeza, irritabilidad y deseos de cambiar de trabajo. Y como todo síndrome se manifiesta de manera física (cansancio, molestias estomacales, fatiga, taquicardia, insomnio, dolores musculares, falta de apetito y disminución de la capacidad de concentración, sensación de ahogo o falta de aire, etc.,; así como también como  en factores psíquicos: tristeza, falta de interés, irritabilidad, nerviosismo, inquietud, indiferencia, apatía y desgana. Toda esta sintomatología son semejantes a la que presenta la depresión de carácter clínico, especialmente en episodios de tristeza muy acusados.
            Además, este síndrome postvacacional puede ser aún mayor en función de las actividades de ocio que se hayan llevado a cabo durante las vacaciones. Es decir, si se han realizado actividades de ocio activo, lo que conlleva la práctica de deportes, visitas culturales o excursiones o contacto con la Naturaleza de forma activa, el final de las vacaciones y la vuelta a la vida normal puede ser menos traumática que si se ha practicado un ocio pasivo, lo que conlleva que una semana antes del regreso se tiene que adaptar el cuerpo a un nuevo ritmo en los ciclos de comida y sueño y retomar de nuevo la actividad intelectual que se ha abandonado en las vacaciones de tipo "pasivo".
                 Según los especialistas (Psicólogos Especialistas de Madrid) la duración de esta forma de depresión postvacacional puede variar entre una y dos semanas, tiempo que depende según el tipo de trabajo, es decir, si se tienen horarios cambiantes, nocturnos y provoca un gran estrés, factores estos que determinarían una mayor duración del síndrome postvacacional. Si la duración fuera superior a dos semanas, sería señal inequívoca de que habrían una patología de base, lo que requeriría consulta médica.
            Los estudios sobre esta nueva patología surgida en la sociedad industrial, son escasos, ya que la Sociedad Española de Psiquiatría considera que esta forma de depresión no tiene una entidad diagnóstica y no está reconocida como una enfermedad, por lo que se dificulta establecer datos de su incidencia fiables, ya que este síndrome está formado por un conjunto de reacciones sin entidad clínica, aunque esto no niega su existencia.
            Parece ser, según los especialistas, que la tasa de incidencia de este síndrome ronda el 35%, aunque algunos psiquiatras lo consideran un dato muy exagerado, ya que lo consideran más como una actitud de desgana que como un síndrome psiquiátrico como tal. La empresa de trabajo temporal Randstad ha realizado unas encuestas al respecto y los resultado que arroja son muy altos, pues el 56% de los trabajadores admite padecer dicho síndrome al regreso al trabajo después de las vacaciones. Incluso, afirma que el perfil típico corresponde a una mujer, no inmigrante, de entre 30 y 44 años y con estudios universitarios, añadiendo que suelen ser personas que trabajan de cara al público y tienen una situación negativa en el trabajo o sufren una patología previa que se ve incrementada después de las vacaciones. Por ello, cualquier trabajador que sienta aversión hacia su puesto de trabajo y su medio laboral puede sufrir dicho síndrome en su forma más moderada. Sin embargo, quienes lo sufren de forma más intensa y prolongada suelen sufrir patologías depresivas previas que se ven aumentadas al terminar las vacaciones y el consiguiente regreso al trabajo.
            Sin embargo, los más jóvenes, es decir, niños y adolescentes, suelen tener un mayor entusiasmo y viven con mayor normalidad e incluso alegría la vuelta a los estudios y al colegio, en contra de lo que les sucedes a los trabajadores adultos que precisan una alta cualificación y tienen una mayor exigencia de trabajo o nivel de responsabilidad.
            En una sociedad como la española, en la que ha desparecido prácticamente el concepto de "veraneo", que era cuando las familias se trasladaban, en los meses de vacaciones escolares, a la playa o la montaña, especialmente la madre y los hijos, y el padre de familia estaba con ellos sólo el mes de vacaciones preceptivo, si el lugar de veraneo estaba lejos del lugar de residencia y trabajo. En la actualidad, las vacaciones se han reducido a una semana o, como mucho, a quince días para los más afortunados, por lo que habría que preguntarse si no cabría cambiar la mentalidad en cuanto se refiere a cómo se ven las vacaciones, quitándoles ese cariz de "maravillismo", y al trabajo o los estudios también dejar de verlos como algo horrible, y no como lo que verdaderamente son: etapas diferentes de un año natural, en el que se suceden las estaciones y cambia el ciclo no sólo de la Naturaleza, sino de la propia actividad humana.
            Para ello, aconsejan los expertos que se organicen, en los primeros días del regreso de las vacaciones, las actividades y se dé prioridad a las actividades más urgentes y necesarias. Además, aconsejan que no se le debe dar importancia a ese malestar general, o síndrome postvacacional, aceptándolo como algo natural debido al cambio de vida y de actividad, tratando de hacer compatible el regreso al trabajo o los estudios con alguna actividad de ocio que ayudará psicológicamente a retomar el ritmo normal de la vida cotidiana. Para ello, es muy conveniente tener un hobby que se pueda desarrollar habitualmente y sea compatible con las obligaciones laborales o estudiantiles.
            Tampoco se debe alargar excesivamente las vacaciones, regresando dos o tres días antes de la vuelta al trabajo o a los estudios, lo que permitirá un cierto tiempo de ajuste al cambio, y facilitará organizarse bien en cuanto a las actividades, planificándolo todo con tranquilidad y sin agobios, pero siempre desde un talante positivo y sin victimización que a nada ayuda y sí entorpece el regreso a la obligaciones ineludibles.
            Es decir, el ánimo positivo ante los nuevos retos que representa el regreso a la vida cotidiana, la planificación de las actividades, el tomarse un poco de tiempo antes de regresar al trabajo o estudios, y hacer un hueco cada día al hobby que cada uno prefiera, son los consejos que los especialistas en la conducta humana pueden darnos a todos, y que el sentido común también lo hace, para volver de las vacaciones con las pilas recargadas, el ánimo tranquilo y positivo porque, si se ha acabado una etapa de vacaciones, empieza otra no menos interesante en la que poder conseguir nuevos retos y seguir creciendo como individuos que es, al fin y al cabo, el mayor de los retos que tiene cada ser humano.
  

jueves, 23 de enero de 2014

La doble soledad de los muertos



            Desde hace tiempo cuando asisto a un entierro, aunque más bien habría que decir que a una cremación por lo solicitada que está esta opción, tengo la extraña sensación de que en vez de  estar en un solemne acto de despedida a un fallecido que realiza ya su último viaje sin retorno,  asisto a un simple acto burocrático que tienen todas las connotaciones de frialdad, asepsia, falta de emotividad y naturaleza de puro trámite.
            Los asistentes al tanatorio sólo pueden ver durante unos minutos al fallecido -si es que llegan pronto y aún no han retirado el cadáver para llevarlo hasta el horno crematorio-, y siempre detrás de un cristal, con la sensación de lejanía que esa circunstancia provoca, mientras los demás asistentes al acto se alejan de la pequeña sala donde está expuesto el  cadáver y se van al exterior con el pretexto de fumar un cigarrillo, tomar el fresco o estirar las piernas por los largos corredores que existen en los distintos tanatorios que ofrecen siempre la entrada de un hotel de  lujo por sus instalaciones en las que no falta el abundante espacio y los diversos salones decorados con la impersonalidad de todo establecimiento público, donde pueden estar los acompañantes de quien ya está más allá de la frontera que separa la vida de la muerte.
            La muerte, fenómeno natural que es el contrapunto de la vida  que se extiende como un arco entre el nacimiento y la muerte, siempre fue tratado en las diferentes culturas y épocas con el carácter de sagrado que tiene siempre los misterios que nos atañen a los humanos, porque no hay mayor misterio que ese extraño fenómeno que siempre representa la muerte tan temida y tan esperada por su inevitable devenir.
            Sin embargo, en esta sociedad actual, la muerte ha perdido su sacralidad para convertirse en algo molesto, oscuro, funesto y rechazable que hay que tratar con total frialdad y desapego, como un trámite necesario pero desagradable que sólo se puede agilizar tratando de hacer realidad el dicho de la necesidad de "quitarse el muerto de encima" que en este caso no puede ser más cierto, pero procurando hacerlo  con la mayor celeridad y asepsia posibles, como si el hecho de tener al muerto cerca, próximo, recordara a todos los que le rodean la propia naturaleza de mortal y, por ello, su presencia se hace insoportable.
            El hecho de la rapidez con la que se produce actualmente la cremación, especialmente, hace que ese acto antes solemne  de despedida al muerto, pésame y compañía a los deudos del fallecido, se convierta en algo desprovisto  de ese calor humano que siempre ha existido en los entierros, en los que se rezaba por el muerto y se consolaba a sus familiares con la compañía que confortaba a los deudos desconsolados y también se acompañaba al cadáver con rezos y plegarias durante  largos velatorios, con los que querían acompañarlo para que su entrada en el más allá fuera lo más benéfico posible para el eterno descanso de su alma  -en el supuesto de los creyentes y en el de los descreídos, la compañía de los asistentes durante las 24 horas preceptivas antes de enterrar al fallecido, servía de consuelo  para los familiares del muerto, antes y durante el entierro, aunque no hubiera rezos.
            Ahora, cuando asisto a un entierro, o  sobre todo una cremación, siento que estoy en un acto social sin ninguna emoción, fría, indiferente, por la frialdad del lugar como es todo tanatorio, la posibilidad de alejarse de la capilla ardiente del finado con cualquier excusa, el reclamo de la cafetería que incita a los asistentes a ir a tomar un café o una copa, por lo que hay un ir y venir continuo de los asistentes, en un trasiego que impide que se cree el clima de duelo y emoción natural y acorde con la situación dramática que es toda muerte
            Todo esto hace que los "entierros", para seguir llamándolos de dicha manera tradicional, sea una ceremonia desbaratada, fría, ausente de toda emoción, de todo calor humano, en la que la expresión de las emociones, de los llantos, de la tristeza natural en estos casos, parece que está vedada, prohibida y tácitamente descartada por los propios asistentes, porque parece que no existe en todos más que el deseo de terminar cuanto antes, y sin mayores manifestaciones de dolor,  con  tan fastidioso  trámite del entierro, el que ha pasado de ser un acto solemne y sagrado a convertirse en un acto fastidioso, gris,  anodino y aséptico.
            Decía el poeta romántico Bécquer "Qué solos se quedan los muertos" y habría que añadir que especialmente ahora, cuando son despedidos sin rezos, sin lágrimas, sin emoción, por las prisas por abandonar la sala del tanatorio porque está esperando otra comitiva fúnebre para despedir a su muerto, por la vaciedad de esta sociedad hedonista en la que todo lo que es vida, juventud, placer, comodidad y egoísmo es aceptable y deseado, pero la muerte  y su proximidad se  conjura con la prisa por enterrar a los muertos que se quedan así doblemente solos, abandonados y olvidados, por no haber tenido una ceremonia de despedida en la que sus más allegados le hayan demostrado amor, afecto, nostalgia, pena  y llanto por su muerte, por su pérdida,.
            Ahora los muertos son despedidos  rápidamente, como si fueran  trastos inútiles, inertes, fastidiosos que recuerdan a todos con su presencia indeseada la evidencia de la mortalidad, la fugacidad de la vida y la inutilidad de todo esfuerzo del ser humano por olvidar que en la moneda que hay que dar al barquero Caronte, para que nos pase a la otra orilla, hay dos caras: vida y muerte, sin que se pueda borrar esta última que le da sentido, coherencia y valor a la propia vida.