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lunes, 29 de noviembre de 2010

La mala educación





 por Ana Alejandre        




Imagen del cartel anunciador de la película La mala educación, de Pedro almodovar.

          Aunque en la sociedad occidental la mala educación generalizada se está convirtiendo en algo habitual en el trato humano, refiriéndonos a España concretamente, este fenómeno social de la mala educación o falta de modales  es algo tan normal y habitual y aumenta con tal intensidad que estamos a la cabeza de este denigrante ranking de la grosería y la falta de respeto que se ha convertido  en una norma generalizada que ha generado este clima social en el que prima la insolencia, la  agresión verbal y la más absoluta carencia de respeto al prójimo.
            Una de las manifestaciones más evidentes de la falta de modales y de educación en la sociedad española es el tuteo generalizado, indiscriminado, injustificado e insolente que se encuentra en cualquier circunstancia de la vida cotidiana entre personas que no se conocen, con diferencia notable de edad, situación y hasta jerarquía.
Parece así como si quien utiliza el “tú” de forma habitual y sin que el interlocutor le haya dado pie a ese trato de confianza y sin que hayan motivos para justificarlo, creyera que el tratamiento de “usted” le rebajaría a quien lo use para dirigirse a quien no conoce y quien es merecedor de un trato educado y cortés, porque sería sinónimo de servilismo o inferioridad. El “tú” indiscriminado le da, a quien habla, una sensación de igualdad con el tuteado, o por lo menos, le quita el complejo de inferioridad que parece tener y que intenta paliar, con esa confianza no otorgada y sí tomada indebidamente, con el receptor de un trato de confianza que no está justificado en muchas ocasiones por la inexistencia de las circunstancias que lo justifiquen: amistad, similar edad, igualdad jerárquica, o simple relación  de compañerismo que, si faltan, hace inadecuado un trato que sólo quien lo recibe debe ser quien dé el consentimiento para ser tratado con dicha familiaridad, por lo que, cuando no se ha dado éste, muchas veces es no sólo inapropiada, sino vejatoria y hasta grotesca una confianza tomada a la fuerza y no ganada y aceptada por el otro.
En esta sociedad carente de valores, la educación y las buenas maneras que son la parte externa del respeto que todo ser humano merece, parecen haberse convertido en una materia obsoleta y propia de museos, porque el “usted”, sobre todo entre gente joven, es considerado como algo arcaico y fuera de lugar en este mundo, en el que padres, profesores,  sacerdotes,etc., y cualquier otro representante de la autoridad que le confiere su propia calidad paterna, docente, eleciástica, etc., han sido despojados de toda autoridad moral y quien la ostenta es motivo de faltas de respeto que siempre se manifiesta en el trato cortés y con el distanciamiento adecuado a la ocasión y sus protagonistas, y éste empieza a manifestarse por el propio lenguaje, porque cuando se sustituye el “usted” por el “tú”, queriendo así hacer bajar a la propia altura de quien considera que el tratamiento de “usted” rebaja a quien lo usa y, sin embargo, el “tú” unifica en una supuesta y falsa igualdad a ambas partes, como si esa mera palabra pudiera hacer iguales a quienes no lo son por  desigualdad notable de edad, experiencia, conocimientos y autoridad de los que carece quien quiera obviar de un salto, y por el simple mal uso del lenguaje, convertir en un “colega” a quien no lo es por las características que posee y que le diferencian del tuteante.
 Esta mala costumbre se está generalizando en comercios, bares, restaurantes, etc,, en los que sin conocer da nada al cliente, lo reciben con un tuteo inadecuado, incluso en establecimientos de cierta categoría, que no sólo molesta a quien no se toma esas confianzas  indebidas con quien no conoce, sino que le hace una mala propaganda al negocio en cuestión por un absurdo deseo de hacer que el cliente “se sienta como en su casa”, cuando lo único que consiguen es espantar a la clientela que no tiene ningún deseo de intimar a la fuerza con quien es un absoluto desconocido y seguirá siéndolo después.
Pero esa mala educación no sólo se encuentra en el tuteo maleducado y generalizado, sino en muchos detalles de la vida cotidiana que ofrecen otros modelos de conductas en las que prima la falta de cortesía y respeto al otro. Los ejemplos son muchos y todos los hemos sufrido de una forma u otra: cartas o mensajes que no se responden por considerar que el silencio es suficientemente expresivo para quien espera la respuesta; saludos no respondidos e ignoradas a propósitos; dejar al interlocutor con la palabra en la boca y darse la media vuelta en una reunión sin una disculpa. Sin embargo, los ejemplos más graves de la grosería son siempre las agresiones verbales, aunque algunas veces vayan trufadas de una supuesta buena intención que desdice la pregunta insolente, indiscreta e inoportuna cómo pueden ser lo siguientes ejemplos: ¿y tú cuánto ganas? ¿y tu familia dónde vive?,  ¿tu padre o marido/mujer qué es?, ¿vives de alquiler o eres propietario?, ¿en tu trabajo qué categoría tienes?, ¿antes de vivir en este barrio, dónde vivías?etc., que demuestra la falta de educación, la impertinencia  y la grosería de quienes, por creer tener cierta confianza con quien preguntan, traspasan cualquier límite de la intimidad de la otra persona que tiene dos opciones: o responder a una batería de preguntas que no tiene por qué, o mandar al cotilla de turno, y además grosero, a paseo, dando el silencio por respuesta, o dando la conversación por terminada. Es curioso que quien utiliza este tipo de agresión verbal siempre son aquellos que afirman que “no les gusta dar explicaciones de sí mismos”, pero se consideran con derecho a pedirlas a los demás y  parece interesarles mucho las vidas ajenas, por lo que las preguntas insolentes las hacen siempre a personas que no son iguales en la falta de educación y eso les da seguridad a los cotillas-groseros  que actúan en la confianza de que no les van a mandar a paseo, precisamente, por la educación que el otro demuestra y que le falta al maleducado inquisidor.
Las múltiples variantes de la mala educación no termina aquí, sino que se expresa en otros muchos aspectos de la vida cotidiana: empujones en los espacios públicos para entrar en un ascensor, conseguir un asiento en un transporte, etc.; el no respetar el orden en una cola de espera, saltándose el turno que corresponde; malas contestaciones a cualquier comentario normal y educado sobre política,  el tiempo metereológico, el tráfico,  la hora, las prisas y un largo etcétera que haría interminable esta relación a modo de ejemplo.
Además, en el campo de la higiene personal se pueden encontrar verdaderas  agresiones visuales u olfativas a los demás, empezando por la ausencia de higiene y los olores corporales consiguientes, lo que se hace más evidente en el verano, con  los cuerpos enseñando lorzas, sobacos al aire, piernas peludas, chicas enseñando la parte superior del tanga, en una exhibición de mal gusto, chabacanería, impudicia y ausencia del más mínimo respeto por sí mismo de quien muestra su dejadez en la vestimenta, falta de higiene,  de estética y del más mínimo sentido del buen gusto que ponen en evidencia la clase de individuo/a que muestra en su aspecto personal  su propia catadura. Ya decía Shakespeare que “en la vestimenta de un hombre se aprecia su naturaleza íntima”. 
A todo esto se suma el gusto por los vaqueros desteñidos, rozados y con bolsas, usados a todas horas: en fiestas, trabajo, paseo, excursiones, etc., convirtiendo a esa prenda -que era propia de los trabajadores ferroviarios americanos en el siglo XIX y ahora convertida en un fetiche para muchos-, en una prenda todo terreno que, por servir para todas las ocasiones, según sus defensores, se ha convertido en inadecuada para todo. Además de las camisetas sudadas, arrugadas y desteñidas, las zapatillas deportivas a todas horas y el chándal con tacones, convirtiendo al paisaje urbano en un desfile de horrores por el que deambulan los aficionados a la ropa cómoda, poco lavada y muy usada, en unos exponentes  de lo que simplemente  es: el gusto por la falta de aseo, la afición a la guarrería, la horterada y el horror estético que si se puede aceptar en edades  juveniles y ciertas profesiones que necesitan ropa dura y resistente al desgaste, no se puede aceptar en otras situaciones en las que se debería cuidar más el aspecto físico por estar en contacto con el público, por la edad del usuario de tales prendas o por la ocasión en la que las utiliza.
 A todo esto se suma el continuo uso de tacos, palabras malsonantes, insultos, descalificaciones, en boca de hombres y mujeres en cualquier lugar o situación (sólo hay que ver algunos programas televisivos donde se encuentran un continuo ejemplo de lenguaje soez), en los espacios públicos o en autobuses y metros, para oir la forma de expresarse, sobre todo de los más jóvenes  que serán los adultos del futuro, y que antes sólo se oía en ciertos ambientes cuarteleros o carcelarios.
Todas estos ejemplos que se pueden apreciar continuamente en las múltiples áreas de la vida cotidiana y en los diferentes sectores de la actividad humana, sólo son una prueba de que la convivencia de los españoles se ha deteriorado totalmente en las últimas décadas, y ahora ofrece continuos ejemplo  de exabruptos, mala educación, poco respeto al prójimo, en una mala interpretación de la modernidad y el olvido de las buenas maneras que no es un paso hacia delante, sino una regresión a la barbarie en la que lel ser humano parece ir perdiendo todo lo que la civilización -en el más amplio sentido de la palabra- ha otorgado a la Humanidad, para volver a épocas primitivas, en una continua negación de la cultura de la que nos hemos nutrido y perdernos en la oscuridad de la ignorancia, la sinrazón y la barbarie.
Malos tiempos son en los que la ley del más fuerte, la ley de la selva, es decir del más salvaje, se convierte en la norma general que rige la convivencia en una sociedad. Así sólo se puede llegar a la destrucción de esa misma sociedad que ha perdido todos su valores, todos los ideales en los que se ha sustentado, porque cuando se traspasan los límites que definen el espacio del otro de forma oral, gestual, o emocional, se terminará traspasando los límites espaciales y territoriales y de ahí a las agresiones físicas no falta nada. El violento está siendo- y será cada vez más- dueño de la calle, los espacios públicos y la sociedad en general.. La veracidad de esta afirmación lo demuestra el gran número de denuncias por agresiones  o acosos en centros escolares- no sólo de alumno a alumno sino a profesores- ,  centros de trabajo, agresiones en el seno de las familias y el aumento de la delincuencia en general,
Con una situación así, lo que es necesario no es “la educación para la ciudadanía”, sino la educación  de los ciudadanos para que predominen el respeto al prójimo y   la convivencia pacífica y civilizada y eso es “educación” a secas. Sin  más  retórica que no dice nada, porque  la educación es la demostración palpable de la cultura, de los valores y de la propia idiosincrasia de un pueblo civilizado.