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miércoles, 5 de octubre de 2011

La iracundia




Se habla de la flema británica, de la expresividad italiana, de la cortesía francesa, pero si de algo tenemos fama los españoles es de ser un pueblo apasionado, valiente, conquistador, iracundo y gritón. Esto se puede comprobar en muchos lugares públicos del extranjero donde se hacen siempre notar los grupos españoles que, con su vocerío, risas, gritos y bullicio, enmudecen al resto de naturales de otros países que, a su lado, parecen mudos.
Esta tendencia a levantar la voz no es sólo un modismo nacional, sino que muchas veces viene producida por el enfado, la ira, la irritación que se despierta en cualquier conversación que termina siendo una discusión, cuando no una verdadera trifulca en la que todos gritan y ninguno escucha. Eso se puede observar en los programas televisivos, sobre todo, en los que parece existir la norma de que “no dejes hablar a tu contrario, sobre todo si te lleva la contraria, aunque tengas que hablar a voces”.
Según el diccionario de la RAE, “iracundia” es: 1. Propensión a la ira; 2. Cólera y enojo. Pues bien, aunque estas emociones negativas las padecen en todas las latitudes porque forma parte de la idiosincrasia del ser humano, no en todas partes se expresa de la misma forma que en España, donde la ira, el enojo y la cólera nunca se quedan en el interior del individuo que los siente, sino que los vierte en forma de gritos, insultos, descalificaciones, tacos, palabras malsonantes, cuando no en auténticos alaridos, en una demostración de que los españoles somos más fieros, aguerridos, bravos y, en general y sin honrosas excepciones que siempre las hay y por eso lo son, en bastante maleducados por olvidar las mínimas normas de educación y respeto a las demás personas, como si el hecho de estar enfadado, con o sin razón, le diera el derecho inalienable de poder gritar, insultar, vejar y decir barbaridades a quien parece despertar las iras del iracundo.
Esta penosa característica se pone de manifiesto continuamente en los lugares públicos que ofrecen espectáculos que son del agrado general: estadios de futbol, plazas de toro, teatros de vodevil, etc. Cuando los resultados del partido, de la faena del torero, de la obra en cuestión, empiezan los gritos, los insultos dirigidos a diestro y siniestro: a los jugadores, al árbitro, al entrenador, al aficionado a distinto equipo, en el caso del futbol; y las imprecaciones al torero, al picador, a los miembros de la cuadrilla, etc., en el de los toros. Entonces se puede oír un completo repertorio de alusiones a la madre de quien despierta las iras, de su condición sexual, sobre la fidelidad de su mujer, y un largo etcétera de barbaridades soeces, en los que prima la brutalidad de quien las dice y su ira incontenible que descarga con violencia verbal por no poder llegar a hacerlo físicamente.
Toda esta iracundia verborreica, cuando no física, pero entonces ya estaríamos ante un delito de lesiones, se está contagiando a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes, como proyección de la que oyen en sus casas, a los adultos que les rodean y que tendrían la obligación de educarles, pero la cuestión está en que para educar a alguien primero es necesario estar educado y esto no es compatible con la actitud grosera, vociferante, irrespetuosa e insolente de quienes, por creerse dueños de la razón, no oyen, ni aceptan, ni respetan la del contrario, ya que su verdad sobre tal o cual cuestión debe ser admitida por todos sin contradicción alguna y ,en el caso de que no sea así, se merece, por ello, toda la sarta de gritos, insultos, descalificaciones y malos modos que utiliza quien grita su razón porque no puede demostrar  con argumentos que la tiene.
Esta característica del carácter español es simplemente la demostración palpable de la falta de cultura, educación y respeto a los demás y a sí mismo, porque sólo quien se respeta puede ofrecer ese mismo respeto a los otros como proyección de sí mismo. Quien es respetable siempre es respetuoso, porque nunca se puede dar a los demás aquello que no se posee.
La iracundia es, definitiva, la expresión genuina de la derrota personal para dominarse a sí mismo, a los bajos instintos y a la sinrazón que todos llevamos dentro y que, por eso mismo, sólo quien sabe dominarse puede llegar a ser dueño de su propio destino, porque como decía Séneca: La razón trata de decidir lo que es justo. .La cólera trata de que sea justo todo lo que ella decida”.

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