Mundo virtual

Loading...

Traductor

Buscar en este blog

Sígueme

twitter facebook linkedin googleplus youtube pinterest

domingo, 12 de abril de 2015

El hedonismo y la solidaridad



             
            La palabra hedonismo proviene del vocablo griego, hēdonē, (placer), y en la filosofía occidental se utiliza para llamar así a la doctrina filosófica según la cual el placer es el principal bien, o único, de la vida, y su búsqueda es el fin al que se encamina la conducta humana.
            Hubo dos corrientes hedonistas en la antigua Grecia. La primera representada por los cirenaicos, seguidores de Aristipo de Cirene, o hedonismo egoísta, que defendían que el fin supremo de la existencia era la satisfacción de los deseos personales, con olvido de las necesidades de otras personas.
         El conocimiento para los cirenaicos está basado en las fugaces sensaciones del momento, por lo que es imposible establecer un sistema de valores morales porque la conveniencia de los placeres presentes se contrapone al posible dolor que puedan causar en el futuro.
            La segunda corriente, o hedonismo racional, también llamado epicureísmo, por estar basada en las enseñanzas del filósofo griego Epicuro (341 a.C.-270 a.C.), nacido en la isla de Samos, cuyos seguidores son llamados hedonistas racionales. Dicha doctrina afirma que el verdadero placer sólo se puede alcanzar por la razón. Por ello, daban una excepcional importancia a las virtudes del dominio de sí mismo y de la prudencia.
        Esta doctrina es la más conocida, pero es también la que más controversia ha generado entre los propios estudiosos del epicureísmo en cuanto a que el placer sea el fin supremo y la meta existencial. Según la enseñanza de Epicuro, la verdadera felicidad reside en la serenidad que proviene del dominio del miedo, es decir, de los dioses, de la muerte y del futuro y sus incógnitas. El fin de toda la especulación epicúrea sobre la naturaleza siempre se encamina a la supresión de esos temores.
            Las virtudes morales y principales sobre las que gira la ética del epicureísmo son las justicia, la honestidad y la prudencia, que viene a ser el equilibrio entre el placer y el sufrimiento. Por ello, Epicuro afirmaba que era preferible la amistad al amor, ya que el amor causa más intranquilidad que aquella. También el dominio de sí mimo, la moderación y el desapego son las vías por las que se puede alcanzar la tranquilidad de espíritu que es la base de la felicidad verdadera. Creía en la libertad de la voluntad a pesar del materialismo que subyace en su doctrina, por lo que  en su física afirmaba que los átomos son libres y se mueven en algunos momentos con total libertad, afirmación que le aproxima al principio de incertidumbre de la mecánica cuántica.
           La doctrina de Epicuro fue establecida con firmeza, lo que le supuso la total adhesión de sus seguidores, lo que no ocurrió con el estoicismo que fue la doctrina filosófica rival por excelencia suya, lo que le ha permitido permanecer intacta como tal doctrina y permanecer en el tiempo, aunque cayó en descrédito por la confusión -que aún no ha sido superada- entre los principios del epicureísmo y los que proclamaban los cirenaicos  que fundamentaban  el hedonismo sensual, proclamados antes que la doctrina del epicureísmo.
            Han existido ilustres seguidores del epicureísmo entre los que se pueden citar al  griego y gramático Apolodoro, el poeta Horacio entre los romanos, además del poeta Lucrecio y el estadista Plinio el Joven. La obra De rerum natura (De la naturaleza de las cosas) de Lucrecio es la obra de referencia que permite conocer al epicureísmo. Esta doctrina desapareció como tal escuela filosófica en los albores del siglo IV a.C.. Posteriormente, en el siglo XVII, tuvo un gran resurgimiento por la labor del filósofo francés Pierre Gassendi, convirtiéndose así en una doctrina que desde entonces ha tenido una gran aceptación por innumerables seguidores. Se le considera una  doctrina filosófica y ética más influyente en el pensamiento de todas las épocas.
.           Estas dos corrientes han permanecido inalterables hasta la actualidad, en sus líneas fundamentales. Los filósofos británicos Jeremy Bentham, James Mill y John Stuart Mill, en los siglos XVIII y XIX, propugnaron el hedonismo universal, conocido como utilitarismo. Esta teoría defiende que el fin de toda conducta humana es el bien social y  el principio que guía la conducta moral del individuo es la lealtad a todo aquello que favorece el bienestar de la colectividad, lo fomenta y lo ampara.
            A su vez, se dice continuamente que esta sociedad ha perdido todos los valores y está inmersa en un hedonismo light, es decir, la búsqueda constante del placer pero carente de los fundamentos filosóficos que sustentaban dicha doctrina filosófica de la antigua Grecia.
            La sociedad occidental, ha ido consiguiendo cotas muy altas en el aspecto material y en el bienestar individual, mientras que cada vez el trabajador tiene más tiempo libre para el ocio, lo que le hace ser un buscador constante de nuevas experiencias sensoriales -viajes, prácticas deportivas, espectáculos, etc.,, cuando no a buscar paraísos artificiales en las adicciones de todo tipo: alcohol, tabaco, drogas, ludopatía, etc., lo que hace  caer a muchos en las adicciones y sus terribles secuelas, poniendo en evidencia involuntariamente la verdad que subyace en lo que predicaba Epicuro sobre la prudencia y el dominio de sí mismo. como vía para alcanzar la felicidad.
          También, el ciudadano normalmente se preocupa por la solidaridad colectiva, aunque esta dualidad hedonismo-altruísmo parezca insalvable y contradictoria, haciendo así evidente su hedonismo utilitarista, en la medida en que se interesa por el bienestar de la sociedad. El individuo está cada vez mas solo y aislado especialmente en las grandes urbes, y su propia sensación de aislamiento dentro de la multitud le lleva a buscar e interesarse por lo colectivo, para sentir que forma parte de un grupo, sea nación, región o ciudad, cuando no de la propia Humanidad. Por eso, se interesa por los problemas de la propia sociedad en su conjunto de la que forma parte, pero sin perder por ello la propias e irrenunciables individualidad  e independencia a las que defiende de injerencias extrañas, porque en ellas se  siente libre, al mismo tiempo que solo, para poder vivir como le place y sin tener que dar explicaciones a nadie que no sean los más allegados, en el caso de que los hubiere.
            Esta búsqueda del propio bienestar o placer es lo que le lleva a ser un ciudadano que se encierra en su propia casa, sin apenas contactos con los vecinos, a los que por cercanos los considera más peligrosos para su propia intimidad, y resguarda su intimidad de miradas ajenas, salvaguardando así su propio bienestar, su comodidad, aunque para ello tenga que olvidarse de quienes puedan estar inmersos en graves problemas como son los más próximos en su cercanía: vecinos, compañeros de trabajo o estudio, conocidos, etc., con los que mantiene un contacto superficial, pero completamente indiferente hacia los problemas o necesidades que no le atañen directamente.            La solidaridad que siente hacia el prójimo más desfavorecido prefiere ejercerla siempre de forma indirecta a través de organizaciones filantrópicas, o oenegés, a las que ayuda económicamente en la medida de sus posibilidades; o bien, a través de donaciones de todo tipo: sangre, órganos, alimentos, ropa, libros, medicamentos y un largo etcétera. Son muy pocos quienes intentan ayudar en contacto, cara a cara, con los beneficiarios directos de dicha ayuda, como hacen los diverso voluntarios que colaboran de forma directa y personal con las diversas entidades que realizan dichas actividades solidarias como son Caritas, Cruz Roja, Médicos sin Frontera, etc. 
            Es en ese anonimato de las donaciones de todo tipo antes reseñadas, el que permite al ciudadano de hoy ayudar a quien lo necesita, pero sin ver el rostro doliente de quienes necesitan la solidaridad ajena, porque ese contacto directo con el sufrimiento, con el dolor, es el que intenta el ciudadano de hoy -hedonista, sin saberlo-, evitar a toda costa, en esa constante huida de todo lo que resulte poco placentero, lo que le convierte en seguidor involuntario de la máxima de Epicuro: " La felicidad es la ausencia de dolor". La visión del sufrimiento le afectaría en su búsqueda de placer, en el disfrute de su bienestar conseguido, por el que se siente seguro entre las cuatro paredes de su casa     -búnker improvisado para refugiarse del dolor ajeno, del sufrimiento y de la muerte-, de ahí que la ayuda la dé, pero siempre lejos del necesitado, de la víctima del infortunio, cuya visión le haría reconocer en ella su propia fragilidad, vulnerabilidad e indefensión que desestabilizaría su propia sensación de ficticia seguridad que es su mejor defensa contra el dolor.
            Es por esto, que el hedonismo actual, intrínseco en la sociedad, es una mezcla del hedonismo sensual de los cirenaicos -en cuanto a la búsqueda del placer sensual, o a través de los sentidos, tan arraigada en esta sociedad lúdica-, del  epicureísmo en cuanto que la felicidad está basado en la ausencia del dolor y de ahí el deseo de evitar todo lo que signifique sufrimiento o muerte; y, por último, del utilitarismo que busca el  bienestar social, por lo que el individuo, sin renunciar a su propio bienestar y al propio disfrute del placer, intenta colaborar, en la medida de sus posibilidades, con el  bienestar social y  la ayuda a los más necesitados, aunque en la mayoría de las ocasiones, lo haga de forma indirecta, impersonal, a través de las diversas organizaciones solidarias. Eso le supone menos molestias, esfuerzos y tiempo que hacerlo de forma personal y directa; pero sobre todo le evita la visión del sufrimiento en todas sus manifestaciones, porque la visión de la fragilidad humana y de la muerte - ver el artículo " La soledad de los muertos" de este mismo blog-, sería una merma a su búsqueda de placer, de bienestar y de alejamiento de todo dolor que le sea ajeno aunque próximo y cuya cercanía afectaría a su confort y bienestar propios.
            De ahí que la vejez y sus muchas secuelas sea actualmente recluida en las residencias; con cien mil excusas, para no recordarle a los más jóvenes que ése es su futuro; las enfermos incurables también son aislados, separados de su entorno siempre con una buena excusa -en el caso de que la economía familiar lo permita o el seguro médico-, para ingresar al enfermo en centros sanitarios y alejar así al doliente de la vista de los sanos; cuando no son los incapacitados físicos y psíquicos quienes corren igual suerte en la mayoría de los casos.
           Esta sociedad materialista -el materialismo es la base de todo hedonismo-, utilitarista, descreída y egoísta, sabe que la mejor forma de acallar la conciencia es ser solidario en apariencia o forma, pero  siempre que los beneficiarios de su ayuda estén lo más lejos posible y permanezcan invisibles en su propia desgracia. Es más fácil ayudar a los hambrientos del tercer mundo que a los que están cerca en el propio barrio, calle o edificio, porque a los primeros no se les identifica con un rostro y un nombre. La ayuda así, de forma impersonal y aséptica,  la puede dar cualquiera y requiere poco tiempo y esfuerzo cuando se hace de forma indirecta; pero la empatía ante el sufrimiento ajeno es más difícil y se requiere una conciencia más sensible, más despierta y compasiva que muy pocos tienen.
            La visión del dolor  cercano hiere, y el sufrimiento lejano, por invisible, es una mera cifra estadística que no hace mella en la conciencia de los bien instalados que se sienten a salvo del infortunio; mientras que  otros, la mayoría, temen que en un futuro improbable puedan ser ellos mismos quienes sean protagonistas de esas mismas estadísticas que ahora son simples números sin nombres ni rostros, esos mismos rostros que hay que evitar ver a toda costa porque en ellos se puede intuir la visión fatal de un sueño premonitorio  aún por cumplir.